30 junio 2010

Cuentos cortos

Amebiasis
23 de Mayo de 2007

Cierto día, un joven estudiante de bacteriología acudía por primera vez al laboratorio, para mirar por el microscopio, y cuál sería su sorpresa al descubrir que en las amebas veía el rostro de su madre. Preguntándose aterrado si aquello que le ocurría era el famoso complejo de Edipo, corrió inmediatamente a buscar un psicoanalista.

Después de varios meses de costosas consultas, el psicólogo descubrió que el joven no había podido “superar al padre”, un viejo carpintero de oficio. Le dijo que a pesar de que había viajado tres veces a San Andrés, tenido sexo con dos mujeres al mismo tiempo y cursaba las carreras de ingeniería en sistemas y bacteriología, no se había podido construir un guarda ropas.

Pobre imbécil, no se dio cuenta, antes de dedicar media vida y más de medio salario a ese “buitre del inconsciente” que lo que pasaba no era que las amebas tenían la cara de su madre, sino que su madre tenía cara de ameba.


Desagradable gracia
23 de Mayo de 2007

Erimateo paseaba, cierto día, muy alegre, tarareaba una canción maluca pero pegajosa, cuando de repente le cayó una caca en la frente y parte del hombro izquierdo. De inmediato miró para ver cuál era esa “maldita ave” que le había provocado tal desgracia, proporcionándole tan desagradable gracia, pero no pudo ver nada. Aquella caca era algo extraña, un poco incolora, un poco insípida, no olía mal pero tampoco olía bien y era exageradamente brillante. El joven desesperadamente miraba para todos lados mientras seguía preguntándose qué ave era, ¿un gallinazo, tal vez? Pero no, ¿una paloma? No era posible. Pero… ¿qué plumífero podía expeler medio kilo, aproximadamente, de materia fecal? Miraba y miraba ansiosamente cuando, por fin lo vio, parado en un tejado. Estaba allí con sus blancas alas que batía torpemente, esa carita de “yo no fui” y una risita nerviosa que delataba a cualquiera… Señores: a Erimateo lo había cagado un ángel.


Cada año lo mismo
23 de mayo de 2008

Un frío que le corría por la médula espinal lo despertó esa mañana, pero no fue el clásico sentimiento de terror que muchos han descrito, sino la inundación de cada año que esta vez alcanzó un poco más del metro de altura. No pudo desayunar porque la bolsa del pan salió flotando por la ventana y aun no se sabe donde fue a parar. Fuera de eso le tocó acarrear ladrillos para levantar los muebles y alejarlos del agua. Algunos electrodomésticos se arruinaron por completo y en el sofá hay una tortuga durmiendo.


Historia de bus
4 de junio de 2008

Todos los días, de camino al trabajo, Abelardo se sentaba en la misma banca del bus, pegaba su cabeza a la ventanilla y miraba fijamente como si esperara que pasara algo. Cuatro cuadras más adelante, en una esquina se asomaba la prendería, él se quedaba mirando para adentro, se le chocolateaban los ojos y en voz baja decía: “el equipito de sonido, todavía está ahí exhibido”. El día que por casualidad se montaba al bus y había alguien sentado en “su puesto”, viajaba de mal humor. Cuando ocurrió lo del accidente, el de ese bus al que se le fueron los frenos y murieron todos sus ocupantes, Abelardo debía ir allí, pero ese día cuando salió de su casa algo le decía que se tenía que devolver, pero nada misterioso, unas ganas de cagar simplemente…

1 comentario:

esteban dijo...

Este cuervo si es mera figura!