09 agosto 2010

ESPACIOS SECRETOS

A Emanuel

“El artista es un cautivo de su historia personal,
de su presente, de su cultura y su obra”
Michel Romiex

En los juegos de infancia existen espacios secretos que sólo se comparten con los amigos. Lugares no muy lejanos, con los cuales se podría construir un mapa al estilo de las antiguas cartografías que representaban espacios reales e imaginarios con seres mitológicos. En un papel engrasado y amarillento podrían verse en colores diluidos, líneas simples y torpes letras: la quebrada, el arrollo de los cangrejos, la cueva del indio, el yacimiento de arcilla, la laguna Libélulas y la madriguera de los conejos.

Nuestros espacios preferidos eran las charcas de agua estancada en pequeñas depresiones de terreno, en el monte. Allí era posible observar las raíces de los arbustos trenzarse hacia lo profundo, gran cantidad de ese moho flotante que le da un aspecto enrarecido al agua y zancudos caminando sobre su superficie con habilidad mágica. Pero lo que verdaderamente era un espectáculo, digno del juego de la observación, eran las libélulas: mirarlas desovar y volar era un sueño constante, perseguirlas para luego atraparlas cuando reposaban sobre alguna rama era un acto heroico.

“Matacaballos”, nos decían los adultos que se llamaban las indefensas libélulas, que porque “con su picadura podían matar hasta un caballo”. Afortunadamente desconfiamos de ésta absurda teoría, que expresa más los propios temores de los padres que los nuestros en el momento de descubrir el mundo. Pero un explorador de su mundo no debe tener miedo, con gran respeto corríamos a atrapar libélulas para observarlas y luego volver a soltarlas. Así fue el comienzo de una relación mítica con un animal y un espacio reales, que se convirtieron en símbolos y por tanto en experiencia estética.

Allí en los espacios secretos los zancudos eran aumentados a tamaños increíbles gracias a la lupa de la imaginación. La libélula era reina, con sus colores metalizados que jamás habíamos visto, nos deslumbraba y hacía más felices. Las raíces de los arbustos se nos antojaban brazos de animales extraños y sus recodos nos hacían pensar en cavernas oscuras y misteriosas aun sin explorar. El moho flotante se convertía en un colchón de verdes fluorescentes, sobre el cual caminábamos cuidadosamente cuando nos hacíamos pequeños.

Me siento afortunado de haber explorado mis espacios secretos, de haberlos llevado a la calidad de símbolos y de poseer aun el interés de reconstruirlos. Para ello hay que organizar, sólo con los amigos, una expedición que podría durar el resto de nuestra vida para reunir mucha información de toda clase y hacer con esta una gran enciclopedia donde lo real y lo mitológico no posean diferencia alguna.

Alguien se preguntará: ¿Después del tiempo, el camino a los espacios secretos de la infancia se habrá olvidado? Y le puedo responder tranquilamente que eso es imposible para aquellos que poseen un mapa que hace parte de la serie: “Cartografía del alma”…

1 comentario:

Federico dijo...

Lo he leído en voz alta porque el cuento me pareció que tiene tono de oratoria, un bello tono que no permite quedarse calladito uniendo una y otra letra, sino lanzarla al aire, para que la memoria se agite como lago aquietado por el tiempo. Me encató y lo difundiré con el permiso del parcerito. Sólo con los amigos se sabe dónde ponen las garzas, y sólo con los amigos se arriesga uno a encumbrar montañas, a meterse por los laberínticos afectos sin la guía menesterosa de los Hilos de Ariadna, Solo con los amigos, como yo también los he tenido y con quien quisiera volver en esas laaaaargas caminatas, con los pies y con con las alas del alma.