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17 mayo 2023

Cuento Ganador

INSTITUTO TECNOLÓGICO METROPOLITANO
FACULTAD DE ARTES Y HUMANIDADES
JEFATURA DEL PROGRAMA DE IDIOMAS
ÁREA DE LENGUA MATERNA

La jefatura del programa de idiomas hace constar que el señor: John Alexander Cuervo López ocupó el Primer Lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma.

Medellín, 15 de abril de 2011

LA TARTANA DE DON CUCO

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: "Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado". Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la "concorgaña del gutiplin", cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: "¡Uy qué nave!".

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro "Don Cuco, regálenos una moneita".

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco" en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los "chirifrostis" y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.

16 febrero 2011

Como pétalos de rosa

Martín Gilberto nació delicado, con la voz y los ademanes que la sociedad no le perdona a un varoncito. Jugaba a las ollitas, con carteras y le cosía ropa a las muñecas de la hermana, mejor dicho: “lo único que le faltó para ser marica era que le gustaran los hombres”. Pero no, eso nunca se le pasó por la cabeza, a él le gustaban las niñas, mas tuvo que cargar durante las épocas de escuela y colegio con las burlas de sus compañeros, que lo llamaban polla, floripondio, mariposa y toda clase de denominaciones despectivas que existen para un afeminado.

Después del colegio, sus allegados pensaron que estudiaría corte y cepillado, pero el muchacho se inclinó por los sistemas, hizo un curso de "computadores" y con unos ahorros que tenía se compró un equipo. Puso un aviso en la ventana de su casa que decía: “Se hacen tareas y trabajos por computador”. La gente del barrio lo reconocía por ser un joven muy ordenado y es por esto quizás que consiguió bastante clientela; lo llamaban: “el duro de los computadores”.

Un día llegaron a su casa un par de muchachos reconocidos en el sector por pertenecer a un grupo de esos que operan al margen de la ley, uno de ellos se quedó afuera; el otro ingresó a su casa a proponerle algo a lo cual no se pudo negar, pues estaba amenazada su integridad física y hasta su vida. Le tocó ser eje de las comunicaciones entre el comando central que operaba en algún lugar de la selva y el grupo del barrio, entre los cuales ni uno sólo sabía, siquiera, como encender un computador. El trabajo de Martín consistía en enviar y recibir E-mails, imprimir algunos y entregarlos a los muchachos.

Pronto su trabajo comenzó a ser muy apreciado en la organización, imprimía los mensajes que estaban destinados a los muchachos en papel de colores fondeado con flores y muñequitos, y los correos destinados al comando central, los enviaba con letras de colores, emoticones y animacioncitas. Se convirtió en el vocero de los líderes y se volvió respetado, claro, porque el que se atreviera a volver a tratarlo de “mariquita” se ganaba “la pela”. Comenzó a frecuentar los lugares habituales de reunión de aquella tracamanada de pillos, los hizo organizar “mejor”: a los mal vestidos los mandó a comprar ropa, a los despeinados los mandaba a peinar, a los sudorosos les echaba loción, les corregía lo mal hablado y hasta los puso a brillar los “fierros”. Ellos sin chistar le hacían caso en todo y finalmente lo que la gente del barrio conocía como “el combo de los barbaos”, terminó siendo llamado “LA BANDA DE LOCA”.

Alex Cuervo - Junio 25 de 2008.

14 julio 2010

7 cruces a la izquierda

Wilmar zapata era un pelao inteligente, pero a la vez güevón. Yo lo distinguía desde sexto y también lo conocí en décimo, en clase de culinaria, los dos caímos ahí porque el cupo para dibujo técnico y metalmecanica ya estaba lleno. Ese man quedó habilitando bandeja paisa porque le quedaban chorotos lo frijoles y se le quemaban las tajadas.

Cuando estabamos en once, empezó a salir con unas ideas todas raras, usaba botas militares y los pantalones doblados en la parte de abajo. A la salida del colegio siempre lo esperaban unos tipos ya mayores, Barbados y con mochilas de cabuya. Se mantenía con un librito bajo el brazo, disque "El Manifiesto Comunista ilustrado por Riux" y en los cuadernos llevaba unas fotos de un tal Guevara; un man barbado de boina militar que hasta los conductores pegan calcomanías de él en los buses.

Wilmar fue el que me enseño a tirar piedra. En esas se mantenía y a cualquier cosa reaccionaba así: Que un problema en el colegio ¡roca!… Que una pelea de borrachos ¡Roca!… Que un chofer no lo dejó subir por la de atrás ¡Roca pa'l bus!… Todo era roca.

Cuando murió, en ese tiempo andaban en unas manifestaciones contra la privatización del SENA, estaba más contento que un sádico con preescolar, faltó como tres días a clase y dejo una chicha debajo de la poceta. El hecho es que, a mí me contaron, en la tarde esperó el bus en la esquina del Consumo de Pedregal para colearse, pero este venía muy lleno y arrancó muy rápido, Wilmar no alcanzó a agarrarse y se estrelló contra el piso con la mochila… Llena de petardos.

Como es común en los pelados de los barrios pintar una cruz en el pavimento en el lugar donde murió o fue asesinado un amigo, nos toco hacer más de media docena: A la entrada del Consumo donde cayó una pierna, en la esquina del frente donde cayó la otra, hasta en Comfama donde cayó un brazo, en Coldeportes, en la quebrada y la cabeza… esta es la hora que no la hemos podido encontrar.

Augusto el tren de la muerte

Augusto “frijol” era de esos pelaos que cuando van a salir a la calle la mamá siempre les da recomendaciones, que “mijo acomódese el cuello de la camisa”, que “no se le olviden la llaves, que la billetera, que “no vaya a beber mucho” que porque “eso le hace mucho daño” y que pórtese bien. Nosotros lo estimábamos bastante, posiblemente por el aspecto enfermizo que tenía, era chiquito y flaco como un palillo. Nos hacía reír muchísimo, porque tenía una gracia de saltimbanqui nato y un montón de tics nerviosos.

Un sábado, de esos de pogo y bebida, fuimos por él a la casa y después de mil recomendaciones de la mamá, salimos para donde “el nieto” que era otro miembro habitual del combo. Rato después de comentarle el plan y la intención de armar el parche en la casa de él, nos dijo que no se podía que porque allá estaba la abuelita y que ella era muy brusca para poguear, que una vez le había reventado la boca al “burro” y a “carelapida” la cabeza con un bastón de macana.

Entonces decidimos ir donde “carelapida” que cada rato decía que cuando quisiéramos armáramos parche en la terraza de la casa de él. Una hora más tarde estábamos subiendo grabadora y llamando más combo. Había una garrafa de ron y una caja de cervezas. Todo iba muy bien, la garrafa estaba por la mitad y en la caja sólo quedaban dos cervezas, las mismas que quedaron allí desamparadas debido a la tragedia que sucedió. El pogo estaba suave, cantábamos himnos a la cerveza y algunos sacaban la cabeza por el balcón para devolver al mundo lo que se merece. Hasta que sonó la canción “Bestia, bestia” de los verdaderos Ilegales.

“Si crees que la calle cuidará de ti
Te romperán el cráneo en la primera esquina
Hay muchas navajas por ahí
Y puede que alguna te raje a ti…

Bestia, bestia…”

Entonces se paró el “burro” que estaba pasmado en una silla. Ese tipo era un “animal” que a sus escasos 16 años ya medía como un metro con noventa, tenía la espalda tan ancha como para pegar avisos publicitarios en ella y unos brazos de almádana que siempre parecían dispuestos a golpear. Saltó al pogo como un demonio toreado y le pegó un cargazo al pobre flacucho de “frijol” que lo mandó en un instante sobre el balcón, yendo a parar a la calle, tres pisos abajo. Lo único que dijo el “burro”, viéndolo caer, fue: “¡Hay jueputa, si no se mata queda bobo!”. Y no se mató… quedó postrado en una silla de ruedas, más pálido y flaco que siempre.

Después del accidente no lo olvidamos, los domingos lo sacábamos a pasear y lo llevábamos cuando nos parchabamos en la esquina de arriba a tomar cerveza. Pero Augusto si quedó fue bobo del todo, meneaba la cabeza de un lado a otro repartiendo babas a diestra y siniestra, sacaba el pipí delante de todos y se hacía la paja y fuera de eso, se tiraba unos peos más hediondos que el diablo.

No sé como fue que ese día salió rodando, seguro fue que se nos olvido ponerle el seguro. Tres cuadras, loma abajo, rodó el pobre hasta que se estrelló contra un barranco. Algunos vecinos que lo vieron pasar frente a sus casas, con esa sonrisa desbordante y la mano en el miembro, dijeron que parecía una máquina a vapor, que lo único que le faltaba era hacer ¡Tuuu, tuuu! Y otro señor que lo vio pasar frente a su puerta gritó: “¡Pobre tullido, si no se mata queda bobo!” Pero más bobo no podía quedar.

Jeringa grasienta

Entre el combo de los que salíamos a trotar los domingos al estadio estaba Fredy Alvear. Comía hasta mierda, si se la ponían bien adobada y pasada por manteca (la grasa en general). Huevos, chorizos, chunchurria, morcilla, empanadas, tortas de pescado. Eran sus favoritos, pero nada que decir de las butifarras que eran su debilidad. Él nos contaba que se transportaba a otro mundo cuando las mordía suavemente y se le chorreaba la grasita por la boca, cerraba los ojos y sentía el picante –este sentimiento es algo así como el amor –afirmaba. Y se le repetía cada vez que las comía.

¿Quién creyera? Que Fredy con toda esa grasa que se comía era flaco, con decir que le pusimos el apodo de "Jeringa". Mejor dicho ese man era envidiado por todos los gorditos que por más dietas que hacen no pueden bajar de peso.

Un día que estabamos en el estadio, como el Fredy estaba luquiado, nos invitó a comer a un chuzo de esos que hay por ahí afuera, que son dos bafles debajo de una carpa, una fritadora y una vitrina atestada de cosas de comer, de una apariencia algo respetable, cuatro mil moscas o más, dos negras que atienden con delantales curtidos y un negro que pone la música champeta y vallenata a todo taco –le dan a uno ganas de volverse corroncho... pero para suicidarse y dar ejemplo–. La mayoría nos comimos de a una empanada, porque se llenaba uno viendo la manera de tragar chatarra de Fredy "Jeringa". Nos decía: "Coman, coman muchachos que esto no se ve todos los días", Con la boca llena de chunchurria, luego se embutía tres chorizos, una vara de morcilla, cinco chuzos de cerdo, en fin, toda variedad de cosas que veía. Hasta se comió una careta de marrano entera con papa, yuca y arepas, y se merco diez mil pesos en butifarras –que no le podían faltar –para seguir comiendo en el camino. En el bus, la gente se tapaba la nariz debido a la hedentina del contenido de la bolsa, y "Jeringa" muy feliz ni se inmutaba, concentrado en su mascurreo; lanzaba las bolas de carne desconocida al aire y las atajaba en su boca cual maromero de circo pobre. En la tarde cuando llegamos a su casa, el flacuchento garoso ese se nos maluquió y tuvimos que llevarlo a la intermedia de Castilla. El médico le dijo que tenía el colesterol altísimo, que no podía comer grasa y que debía llevar una dieta vegetariana –¡Ese era el fin para "Jeringa"!–. Al cabo de una semana se le veía deprimido, pálido y tembloroso. Rebajó dos kilos, parecía un esqueleto viviente y no volvió con nosotros al estadio.

Y llegó diciembre que es el mes de la parranda. Como siempre acostumbrábamos, alquilamos entre todos los amigos y amigas un bus para ir a ver los alumbrados –Bueno, ese es el pretexto para beber ese día, porque lo que menos se ve es alumbrados–. Fuimos a la playa, al edificio "inteligente" y cuando llegamos al paseo del río fue cuando ocurrió la crisis a Fredy, debido a que en todo el trayecto colocan ventas de toda clase de porquerías: desde artesanías, chorro, juegos de curí, hasta comida. Entonces empezó a ver las butifarras por montón; al principio las miraba de reojo y con cierto odio, como si ellas lo hubiesen traicionado. Pero luego vio lo que iba a acabar definitivamente con su existencia: las butifarras más grandes que él había visto y nunca más volvería a ver en su vida, eran como veinte veces más el tamaño de las normales… En ese instante lo agarró un temblor y unos nervios los verracos, los cuales se le acrecentaban con los gritos de la negra del chuzo: ¡Butifarras, butifarras, las más grandes del mundo! –Eso parecía amor a primera vista–. El Fredy no llevaba casi plata, entonces comenzó a pedírnosla prestada, que él nos la pagaba como fuera. Nosotros le decíamos que no, que se acordara eso como le hacia de daño, pero empezó a volverse más insistente y suplicante, y no tuvimos mas de otra que prestársela cuando iba a empezar a llorar. Se compró cinco mil pesos de "las butifarras más grandes del mundo", se las engullía sin piedad; a nosotros se nos salían las lágrimas al ver su alegría y decíamos que ese hombre no tenía boca sino "tarraya". Hasta que en la tercera, soltó la bolsa y se agarró la garganta con las dos manos, se puso morado y brotaron sus ojos, luego cayó al piso convulsionando... Fredy "jeringa" murió atragantado por una herradura.

09 julio 2010

El corrido de Lucio Vásquez

Basado en la canción de Antonio Aguilar.

Esta historia comienza como las clásicas películas japonesas, con un majestuoso paisaje de montañas negras, cielo anaranjado, nubes espesas y un grupo de aves pasando en un apacible vuelo, para luego narrar un suceso de carácter violento. Pero no con música hecha con instrumentos de bambú sino con ranchera de fondo.

A sus escasos 35 años Lucio no tenía otra profesión más que la de voceador, trabajaba disfrazado de payaso anunciando el menú del día afuera de un restaurante en el centro de la ciudad; de esos que venden un puñado de frijoles mal escogidos, arroz mazatudo, la carne delgadita como tela y ensalada de repollo con el limón agrio en un plato despicado, acompañado de jugo de guayaba vinagrosa o de tomate de árbol, por solo tres mil “pesitos”.

Los días que le iba mal, porque su sueldo estaba condicionado por la cantidad de personas que fueran a comer al restaurante, los compensaba trabajando en los buses de transporte urbano, para poder llevar “alguito pa’ la casa” donde vivía aun con sus padres. Hablaba con voz chillona y carrasposa que la gente pensaba era fingida por su rol de payaso, pero no, esa era su voz natural. Después de una tanda de pésimos chistes que muy pocos disfrutaban remataba su show de miseria sacando dos destornilladores que hacia sonar en el pasamanos del bus para comprobar su rigidez, argumentaba que lo que iba a hacer era bueno para combatir la congestión nasal y que no era apto para enfermos del corazón, se introducía los destornilladores por la nariz y luego comenzaba a sacar y meter uno y otro como si estuviera bombeando. Algunos pasajeros del bus se quedaban pasmados, otros se querían bajar o tirarse por la ventana, los demás simplemente no le hacían caso.

La noche del terrible suceso, llegó más tarde de lo acostumbrado porque no le fue muy bien, su mamá lo recibió con un platado de arroz caliente y huevo revuelto porque sabía que el muchacho, como de costumbre, llegaba con una “gurbia” atroz. Eran las diez de la noche y no iba aun por la mitad del plato cuando escuchó el ruido de unas motos acercarse a la casa y luego vio aparecer al “bozo e rata” y al “care muñeca” que lo invitaban a un baile. Que “mera chimba de parche mono”, que buena música y “chorro mi niño”, que allá estaba la Margy Zulay con ganas de “velo”. Y por eso fue que se animó a ir, a pesar de que su mamá le decía que no fuera que tenía un “palpito muy maluco” y el papá también le dijo que no fuera por allá, que esa mujer lo iba a llevar a la perdición, pero Lucio hizo caso omiso a las recomendaciones de sus padres, ni siquiera se despintó la cara, lo único que hizo fue cambiarse los zapatos porque los de payaso son muy incómodos para bailar, se montó en la moto con “care muñeca” rumbo al baile que era en un bar llamado “Sierra Mojada” abajo en la principal.

Cuando llegaron al “parche” allí estaba “jeta e mula”, que también le decían “dientes de morder a cristo”, con un “combo de faltones” todos mal encarados, con ganas de “joder la vida” y poner problema. Lucio le “echó mano de una” a la Margy y se pusieron a bailar Carruseles del grupo Miramar. No paraban de charlar y bailar, bailaron Rebelión de Joe Arroyo, Que nunca me falte del Combo de las Estrellas y hasta el baile del perrito, cuando se acercó “jeta e mula” y le pidió a la Margy bailar la próxima pieza, Lucio le dijo con esa voz chillona “no amigo la nena está acompañada”, el otro no hizo buena cara, le dijo “todo bien cucho” y se retiró, pero todos sabemos que “todo bien” es “todo mal” y la cosa no iba a parar allí.

Desde el fondo del bar “jeta e mula” le mataba el ojo a la muchacha y los otros gañanes le hacían caritas de burla a Lucio y le decían payaso en voz baja. Después de mucho bailoteo el calor arreciaba cada vez más y al protagonista de nuestra historia ya se le empezaba a escurrir la pintura de la cara, decidió invitar a su “polla” a una gaseosa, se acercaron a la barra del bar, pidieron naranjada y fue en ese momento que los mal encarados aprovecharon para llamar a Lucio, el muchacho con poca malicia se acercó, le ofrecieron un trago el cual no lo aceptó y de inmediato empezaron a decirle que “que man tan picao” que con esa “fufurufa” que andaba, se ofrecieron golpes y salieron a la calle a pelear. Le dieron tres puñaladas de la espalda al corazón y como si fuera poco le echaron tierra en la boca y así lo vieron morir. Lo mataron a traición.

Margy Zulay gritaba como loca “por qué, por qué” arrodillada frente al cadáver de Lucio Vásquez que yacía allí inerte en un charco de sangre, mirando hacia el cielo con la mitad de la cara despintada, el pimpón en la nariz y la boca llena de tierra como para sembrar begonias en ella. Sus padres quedaron desconsolados.

Así termina la narración de la trágica muerte de Lucio Vásquez que murió por una joven que amaba, con el mismo majestuoso paisaje del principio, montañas negras, cielo anaranjado, nubes espesas, un grupo de aves pasando en un apacible vuelo y con ranchera de fondo.

23 de mayo de 2007

El Destruyer

Basado en la canción Destruye de la agrupación Ilegales de España.

“Carlitos” se pasaba horas enteras en el zoológico, sentado en una piedra al lado de las jaulas, contando sus problemas a los tigres. Parecía que tuviera los zapatos clavados al piso, nunca se cansaba de la misma posición y sólo articulaba la boca. Solamente se movía cuando el celador del “zoo” se le acercaba a decirle: “Bueno muchacho, váyase para la casa que es hora de cerrar”. Le contaba a las fieras de apariencia mansa que lo miraban con atención, que él cuando pequeño era una “mierda”, o bueno, eso era lo que decía su madre, que tuvo una novia a la cual un día vio con otro “pelao” y cuando fue a hacerle el reclamo, lo cascaron entre los dos… Tarde se dio cuenta que la mirada fija de los tigres no atendía a un interés por los problemas de él, sino a un beneficio gastronómico a favor de ellos.

La primera vez que intentó suicidarse, salía de darse una ducha y como no encontró nada cortante a un metro de distancia pretendió cortarse las venas con la rasuradora eléctrica pero cuando la conectó un corto circuito lo arrojó contra una de las paredes del baño. Esto lo dejó atontado por varios días, con un beriberi extraño y siete puntos en la cabeza.

A “carlitos” lo obligaban a ir a la escuela, le colocaban diez relojes despertadores de los más ruidosos que había en el mercado, pero no sonaban al tiempo, sino a intervalos de quince segundos. Y si ese día definitivamente se resistía a ir, lo sacaban de la casa a punta de correazos, con la pesada maleta terciada al hombro y la lonchera llena de cosas que a él no le gustaban. Cuando estaba en la escuela recordaba a la “seño” en el kinder echándole ají en los dedos para que no se los chupara. En el colegio recordaba a la “maestra” en la escuela pegándole con una regla de madera en las nalgas, diciéndole al tiempo “Eso no se hace”. Bloqueó toda su atención en contra de cualquier cosa que tuviera que ver con matemáticas, ortografía e historia, odió a los “profes” de dichas asignaturas, siendo los primeros a quienes destruyó su auto, cuando entró a la patrulla de “LOS CHICOS REBELDES”. Se la pasaban tirando piedra contra la privatización de alguna institución pública. A veces se tomaban la universidad y lanzaban petardos contra la policía, luchaban largas horas y gritaban consignas contra el paramilitarismo, el imperialismo, el neoliberalismo y otro tanto de “ismos” más… Un día se dio cuenta que eso lo hacía sólo por hacer fluir adrenalina y quemar neuronas, que la revolución no existe y que cada cual, por más “caca” que hable, lucha por sus intereses particulares.

La segunda vez que intentó suicidarse, sacó un revolver que el papá guardaba en la mesita de noche. Horas más tarde estaba sentado en el quirófano, perdió el oído derecho, el revolver era de fulminantes. Los médicos pudieron haber hecho algo si el desdichado no se hubiera detonado el tamborado completo con el “arma” pegada a la cien.

Cuando “carlitos” fue al ejercito siempre se preguntó: “¿A dónde van los tiros?”. Además nunca quiso estar allí. Se mantenía recluido en el calabozo. Una vez lo “encanaron” porque en la práctica de tiro no atinó al blanco sino a un negro que iba trotando por la pista. Pronto se dieron cuenta que el calabozo no era escarmiento para él, pues allí era donde podía estar tranquilo, le daba igual, su verdadero castigo era el servicio militar. Salió más rápido que el resto de los que ingresaron con él. No querían tener más a un demente en las filas. Ese día quiso dirigirse directamente al zoológico pero tuvo que pasar donde el dentista debido a un dolor de muelas que lo aquejaba. Le extrajeron las cuatro cordales al tiempo. Luego no se dirigió a su casa como debió hacerlo sino donde quería ir desde el principio y no se sentó en la piedra a contarle sus problemas a los tigres, como de costumbre, sino que procedió a abrir las jaulas con la esperanza de que las fieras escaparan y se dirigieran al consultorio del dentista para devorarlo completamente. De esa forma se vengaría de ese individuo “depravado” que tanto dolor le había causado… Ese mismo día se enteró que los animales estaban viejos, enfermos, entumecidos y bastante desanimados para descubrir el mundo.

La tercera vez que intentó suicidarse, tomó los cordones de los zapatos, los unió, les hizo un nudo corredizo y luego procedió a atar el otro extremo al alambre de colgar la ropa. No recuerdo si fue el alambre o los cordones los que no resistieron el peso de su cuerpo, el hecho fue que cayó desde la terraza al patio fracturándose la pelvis. Esto le significo seis meses en la cama guardando reposo enyesado desde el ombligo hasta la mitad de los muslos, sólo con un orificio para expeler los excrementos. Desde aquel suceso no le quedaron ganas de volver a intentar suicidarse, descubrió que en la televisión hay todo un mundo por descubrir.

30 junio 2010

Cuentos cortos

Amebiasis
23 de Mayo de 2007

Cierto día, un joven estudiante de bacteriología acudía por primera vez al laboratorio, para mirar por el microscopio, y cuál sería su sorpresa al descubrir que en las amebas veía el rostro de su madre. Preguntándose aterrado si aquello que le ocurría era el famoso complejo de Edipo, corrió inmediatamente a buscar un psicoanalista.

Después de varios meses de costosas consultas, el psicólogo descubrió que el joven no había podido “superar al padre”, un viejo carpintero de oficio. Le dijo que a pesar de que había viajado tres veces a San Andrés, tenido sexo con dos mujeres al mismo tiempo y cursaba las carreras de ingeniería en sistemas y bacteriología, no se había podido construir un guarda ropas.

Pobre imbécil, no se dio cuenta, antes de dedicar media vida y más de medio salario a ese “buitre del inconsciente” que lo que pasaba no era que las amebas tenían la cara de su madre, sino que su madre tenía cara de ameba.


Desagradable gracia
23 de Mayo de 2007

Erimateo paseaba, cierto día, muy alegre, tarareaba una canción maluca pero pegajosa, cuando de repente le cayó una caca en la frente y parte del hombro izquierdo. De inmediato miró para ver cuál era esa “maldita ave” que le había provocado tal desgracia, proporcionándole tan desagradable gracia, pero no pudo ver nada. Aquella caca era algo extraña, un poco incolora, un poco insípida, no olía mal pero tampoco olía bien y era exageradamente brillante. El joven desesperadamente miraba para todos lados mientras seguía preguntándose qué ave era, ¿un gallinazo, tal vez? Pero no, ¿una paloma? No era posible. Pero… ¿qué plumífero podía expeler medio kilo, aproximadamente, de materia fecal? Miraba y miraba ansiosamente cuando, por fin lo vio, parado en un tejado. Estaba allí con sus blancas alas que batía torpemente, esa carita de “yo no fui” y una risita nerviosa que delataba a cualquiera… Señores: a Erimateo lo había cagado un ángel.

Lo que necesitaba era un exorcismo

17 de junio de 2008

Agustín el flaco, se le torció al diablo… algunos años antes en la encrucijada de caminos había hecho un pacto con este. Le pidió que si la mujer que amaba caía rendida a sus brazos, haría todo el mal que fuera posible. La relación con esa mujer que aun le trastornaba el sueño, no salió nada bien, siempre que quería hacer algo, le salía mal, demasiado mal.

Un sábado en la tarde, se le apareció el “príncipe de las tinieblas” a cobrarle el pacto hecho, porque lo único que había conseguido hacer mal era la relación con su mujer. El flaco sacó una estampita de la virgen del Carmen que cargaba en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo: “alejáte de mi negro hijueputa”, y corrió rápidamente a esconderse en la iglesia. El cura al ver su cara de susto se le acercó, inmediatamente Agustín le contó la historia, y este le respondió que lo que necesitaba era un exorcismo. Lo llevó a la parte de atrás del confesionario y allí le metió el bien y le sacó el mal, repetidas veces. Desde ese día, ese pobre muchacho, anda con unas manías muy raras, hasta le cambió el caminado, sigue yendo a confesarse frecuentemente y dice que no volvió a sentir la presencia del “enemigo malo”… Yo lo que creo es que el diablo no perdona.

El velorio de don Gregorio

18 de junio de 2008

Cuando murió don Gregorio, el señor de la tienda, lo velaron en la sala que queda al lado de la iglesia. A parte de su familia, asistieron muchas personas del sector porque el “cuchito” era muy apreciado en el barrio. Entre oraciones, tintos y guarito, iba transcurriendo el tiempo cuando entró al recinto un loco del sector, muy sucio y mal oliente, con su costal al hombro. Se acercó al féretro, talvez a rezar una oración, llamado por la curiosidad que le produce a la gente un hecho como este. Algunas personas que estaban allí se sintieron ofendidas por la presencia de aquel hombre y fueron a pedirle que se fuera. El loco sin problema se alejó, pero pasados unos 10 minutos volvió y de nuevo fue sacado de la sala. 15 minutos después, regresó como si no hubiera pasado nada y uno de los familiares de don Gregorio ya molesto le dijo en voz alta: “RESPETÁ HOMBRE, ANDÁTE QUE NO TE QUEREMOS VER MÁS POR AQUÍ”. El loco salió de nuevo, se dirigió a una de las ventanas por la cual desde la calle se podía ver hacia adentro y aferrado a la reja le gritó a todos los asistentes al velorio: “QUE HIJUEPUTAS TAN PICAOS CON ESA HILACHA 'E MUERTO”.

El montañero

25 de Junio de 2008

Edgar el “montañero” venía de un pueblo. Lo conocimos porque en el bar siempre invitaba a una ronda de polas, seguramente para que nosotros pagáramos luego las siguientes rondas, pero nunca lo logró. Se mantenía diciendo que el pipí de él era tan largo que se había hecho un tatuaje que en estado de reposo se leía: “Renopla”, y que cuando lo tenía parado decía: “Recuerdo de una noche de placer en Constantinopla”. Decía también que se había comido a la mitad de las mujeres del pueblo a punta de paja y que había desvirgado a la boba del barrio bajo, que desde ese día no paró de repartirlo a diestro y siniestro, poniendo a la mamá a criar nietos de todas formas y colores. Había uno mono, otro negro de ojos zarcos, otro pelirrojo y pecoso, unos gorditos, los otros flaquitos, hasta había uno que se parecía al cura del pueblo, pero como nada me consta dejo aquí, antes de que este cuento se me convierta en chisme. Luego les seguiré contando más historias del “montañero”.

20 junio 2010

Misterio

La siguiente viene a ser una serie de textos relacionados con temas de misterio con los cuales he pretendido acercar al lector al apasionante mundo de lo desconocido, claro, y como lo desconocido abarca tantos temas ha quedado la serie inconclusa a la espera de algún patrocinio por parte de una entidad del más allá que quiera mandar algunos pesos para acá y poder continuar con la investigación que llevará a buen término la redacción de este emocionante libro…

* * * * *

Misterio, es una verdad indemostrable que no podemos comprender. Además es la clasificación de algunas películas.



Supersticiones y agüeros

Si se pone roja una oreja, están hablando de uno, o hay que fumigar para que los malditos zancudos dejen dormir en paz.

Si se encuentra una moneda de centavo, guárdela, le traerá suerte siempre y cuando no se chupe los dedos, porque se puede envenenar.

Si un escarabajo revolotea la casa, anuncia visita, si son dos, traerán regalo, si son tres se le cagaron en la puerta.

Cuando chisporrotea la vela o la veladora, es buen agüero. Si además de chisporrotear se voltea y se incendia la casa, es mal agüero. Y si usted no sabe qué es chisporrotear, más de malas.

Una araña de siete patas es buen agüero. Eso sí, no se la vaya a pasar quitándole una pata a toda araña que encuentre porque así no se vale.

Para tener siempre buena suerte llevar consigo una pata de conejo o de venado, la de jirafa es mejor, pero es difícil de cargar.

Si entra a la casa una mariposa negra, mal augurio. Pero lo contrario si usted es entomólogo y el bicho es de una especie rara.

Si cuando se está mirando al espejo, este se rompe, indica que usted debe visitar pronto a un cirujano plástico.

Cuídese de no pasar por debajo de una escalera, sobre todo si el que está trepado en ella es obeso y está borracho.

Cuando una gallina canta como un gallo, indica mala suerte o malas noticias y usted deberá llevar al animalito donde un veterinario.

Apariciones

En la iglesia principal de San Jerónimo se quedó dormido un señor luego de estar rezando toda la tarde. Ya hacia la media noche escuchaba una desgarradora voz que lo llamaba. Se incorporó este señor sobre la banca y vio una extraña sombra que se dirigía hacia él. Temblando del susto exclamó en voz alta: “De parte de mi dios todo poderoso ¿quién es usted y qué desea?”. A lo que respondió la aparición: “Soy José Martín Medina, muerto hace tres años por las incidencias del destino. Deseo que usted o alguien caritativo, que no tenga nada más que hacer, le pague a don Gustavo Pérez, el dueño del deposito de materiales, cuarenta y siete tejas que le quedé debiendo antes de morir, y que me recen una novena, pero de aguinaldos así sea en agosto.

El señor decidió pagar la deuda guiado más que todo por la curiosidad. Don Gustavo recibió con tan buena fe el dinero que le cobró las tejas a precio de hace tres años. El “cucho” no se quedó con las ganas y le preguntó al dueño del depósito que quién había sido José Medina y que por qué le debía cuarenta y siete tejas. Contándole el dueño lo siguiente: “Ese muchacho era Joselito el hijo de don Manuel que el día que se mató estaba subido en el techo tratando de girarme la antena del televisor para ver el partido y se resbaló, cayendo y destrozándome casi todo el entejado… Que muchacho tan bueno hasta en la muerte se acordó del daño y me lo mandó a pagar”.

Cubierta la deuda el ánima de Joselito no se volvió a dejar sentir, porque parece que espantaba mucho a la gente quejándose de fuertes dolores de espalda.

Bebedizos

Un alumno de un colegio internado de la ciudad de Medellín, nacido en la costa, salió como de costumbre un domingo a ver una película. Terminada la “cinta” fue con unos amigos a tomar un refresco. Al terminarlo se sintió incomodo, molesto. Los compañeros pensaron que eran los calzoncillos que llevaba puestos, prestados por un compañero de menor talla. Luego en el colegio, el muchacho se agitaba, sudaba y muy agresivo demostraba ideas de suicidio: tratando de ahorcarse con los cordones de los zapatos atados al cable de colgar la ropa o tragándose una caja de fósforos entera.

Se llamó al médico el cual diagnosticó “burundanga”, pero no la canción de Celia Cruz, sino borrachero o cacao sabanero que llaman. Efectivamente se le suministró una inyección y comenzó a sentirse un olor a la tal burundanga. Una copera se la había echado el la Guaraná Caribe que fue el refresco que pidió el muchacho esa tarde.

El desdichado cursaba el cuarto año de secundaria, perdió sus facultades mentales y jamás pudo terminar los estudios. Últimamente le han visto mendigando en los buses, con dos cucharas tocando la canción de Celia Cruz “BURUNDANGA”.

Curanderos


Hay lugares en el bajo Cauca, en los departamentos de Bolívar y Sucre, donde no admiten a veterinarios ni técnicos zootecnistas con conocimiento claro sobre las enfermedades de los animales. En estos lugares se observa con verdadero estupor como un hechicero se toma un aguardiente doble, se acerca a un animal gusaniento, le hace unos rezos raros, le unta un emplasto de hierbas y van brotando y saliendo los gusanos despavoridos (lo del aguardiente doble yo creo que es opcional).

Otras veces al animal enfermo le dan unos brebajes, le rezan unas oraciones y este inmediatamente saca una camándula, se arrodilla a rezar y luego sigue su vida normal.

Si alguna res muere mientras se le hacen los hechizos, esto significa que habrá carne para varios días.

Talismanes

Testimonio de un hombre que cambió su vida

Mi nombre es Ludovico y tengo 37 años. A principios de este año pasé los peores momentos de mi vida. Había dejado mi trabajo en una empresa de escobas y trapeadoras para montar una empresa por mi cuenta. Yo no conocía el negocio y enseguida empezó a irme mal. Me peleé con mi socio, que además era mi mejor amigo, por una tapa de gaseosa que salió premiada. Las deudas aumentaban cada día y ya no sabía qué hacer. Los acreedores se volvían cada vez más exigentes y yo cada día más desmoralizado. Allí fue cuando empezaron los grandes problemas: me peleaba con mi familia, mis amigos me evitaban, se me llenó la casa de ratones, me sentía solo, derrotado y no me fiaban en la cantina.

Fueron meses tremendos. Una mañana al salir de mi casa mi madre me echó zancadilla, haciéndome caer para luego entregarme un sobre pequeño y me dijo: “Guárdalo contigo, no lo abras, llévalo, olvídate que lo tienes”. Y vaya si me olvidé. Tenía la mente enfrascada en mis problemas económicos. Ese día tenía una cita con un acreedor muy exigente. Temblaba de miedo cuando tuve que decirle que no tenía dinero (yo, no el acreedor).

Pero enseguida él me tranquilizó diciendo que esperaría un mes más, agregó que tenía el presentimiento de que me iba a ir muy bien. Y para que tuviera confianza me prestó quinientos mil pesos para salir adelante. ¡¿Quién creyera?!

Al llegar a mi tienda me estaba esperando un cliente. ¡Y que cliente! Era el dueño del hotel de mi ciudad y quería contratar conmigo todos los pedidos de palillos de dientes, cinta de enmascarar y confites de menta para la recepción. Entregándome un fuerte cheque como anticipo firmamos contrato. ¡¿Increíble no?!

Estaba yo tan contento que salí a caminar. En una esquina compré un billete de lotería. Era la primera vez que apostaba en mi vida, y la ultima porque no agarré ni una cifra. Al llegar a mi casa mi mujer no me trató de “desgraciao” sino que me dijo “mi cielo”, contándome que habían entrado unos gatos a la casa a comerse los ratones y que también se habían metido los ladrones y en vez de robar dejaron un televisor de veintiocho pulgadas.

Una mañana que salía de la casa sentí una traba en el pie derecho, por poco caigo rodando por las escaleras. Era mi madre con su manía de poner zancadilla. Ella me preguntó si “La Oración Vendita de la Divina Providencia” me había ayudado y en ese momento me acordé del sobrecito que me había dado, el que de verdad olvidé. También me acordé que estaba en el pantalón café, que había sido lavado varias veces. Efectivamente el sobrecito con “La Oración Vendita de la Divina Providencia” se deshizo en el bolsillo. Era demasiada casualidad que “La Oración Vendita de la Divina Providencia” no fuera la responsable de mi repentina suerte.

Más tarde mi madre dijo que seguramente el pantalón había quedado vendito debido a “La Oración Vendita de la Divina Providencia” famosa en todo el mundo por llevar salud, felicidad y dinero a los que lo necesitan. Desde entonces no me quito el pantalón a pesar de las manchas y los remiendos, la cremallera trabada, los bolsillos rotos y una bota más larga que la otra. Mi vida ha cambiado completamente. ¡Créanlo!

Encuentros del tercer tipo

El señor Armenio Naranjo Mantequillo registró, hace no mucho tiempo, un misterioso y extraordinario caso de ovnis en la ciudad de Bello. El observatorio astronómico de la ciudad reportó movimientos inusuales aquel día, algo bastante extraño ya que en Bello no hay observatorio astronómico.

En una entrevista publicada en los principales periódicos de la ciudad, cosa también bastante extraña porque en Bello tampoco hay periódicos, el señor Armenio comentó:

En horas de la tarde luego de ver una luz bastante fuerte por la ventana y de escuchar un ruido ensordecedor, vinieron a tocar a mi puerta unos seres pequeñitos, con cara de payaso y celulares de gran tamaño atados a la espalda. Al abrir la puerta sentí un olor muy fuerte a frijoles con garra quemados… Estos hombrecitos, de muy buena manera, me capturaron y me llevaron a su nave que era como una especie de hamburguesa gigante con todo: lechuga, tomate, queso y tocineta…

Luego de varias horas de practicarme innumerables exámenes por todas partes del cuerpo con toda clase de objetos desconocidos, me liberaron no sin antes entregarme un comunicado para todos los habitantes de la Tierra… Cuando llegué a mi casa encontré los frijoles quemados en el fogón y la televisión aun prendida.

El comunicado que me entregaron aquellos seres de otro planeta, en cartulina blanca con letras de periódico recortadas y muy ordenaditas, dice:

“El mundo se va a acabar tarde que temprano”.

Desde aquellos días al señor Armenio se le ha visto recorriendo las mangas del cerro Quitasol con un balde en la cabeza y una escopeta de palo, cuando encuentra a alguien en su camino le habla sobre aquel comunicado y cuenta su historia, pero siempre profesando un odio incalculable hacia los frijoles con garra.

Cuentos idiotas

Jaimito es un niño muy inteligente. La mamá le compró un rompecabezas que decía “de cinco a seis años” y él lo armó en dos... Yo lo armé en tres años... y eso que Jaimito me ayudó.

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Elías plantó su perro en el jardín de la casa, porque le dijeron que el que siembra recoge. Pero al perro se le ve decaído, triste, no ha echado ni una hoja y las raíces se le pudrieron.

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Aurelio tenía una argolla en el dedo índice de la mano derecha. Cuando se iba a bajar del bus con el motor en marcha, la argolla se le enredó en una lata de la puerta... el dedo siguió la ruta normal del bus, Aurelio quedó señalando con el dedo “del corazón”.

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Gabriel todas las noches soñaba con culebras y los amigos le decían que eso eran deudas, que eso era que iban a venir cobrarle.
En una salida de campo lo picó una mapaná X... Antes de morir dijo “maldita sea, si yo no le debo nada a nadie”.

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Fito se metió un fríjol por la nariz y allá se le quedó. La semilla germinó y el pobre murió. Ahora su cadáver luce un bello retoño verde y su familia no sabe si sepultarlo o plantarlo.

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Alfredo se comió un cacao sabanero y todo lo veía muy distinto y vio que un dragón venía hacia él, como para tragárselo. El carro que lo atropelló quedó abollado, él quedó parapléjico.

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Janné se intentó suicidar con un veneno, por que su novio la había dejado. Él regresó, ella quedó ciega y se le está cayendo el pelo. Su novio dice que ya jamás la va a dejar.

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A Abel la gustaba cantar. Iba cantando histriónicamente una canción que decía: “oye, abre tus ojos, mira hacia arriba...” y ¡tan! Le cayó una guanábana como de 20 libras en la cabeza y lo desnucó. ¡Que hijueperra guanabanazo!

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A Alejo lo encontramos muerto, tirado en la mitad del cuarto en un charco de sangre. Todos decíamos que se había suicidado, pero el investigador de la judicial nos dijo que nadie era capaz de suicidarse de 36 puñaladas. Ayer lo enterramos, porque a quién le interesa un cadáver con 36 orificios.

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Anita se comió una cucaracha y un chito… Y hubiera querido tener cucarachitos, si no hubiera vomitado tanto.

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Andrés era el que mejor se escondía cuando jugábamos escondidijo, pero eso si fue el colmo, la última vez se escondió tan bien que esta es la hora que no lo hemos podido encontrar… hace ya tres años de eso.

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Lucas “el pollo”, nos entregó una llave de un apartado aéreo y nos dijo que si un día desaparecía fuéramos a revisarlo. Como hacía un año que estaba desaparecido pensamos que era hora y efectivamente… dentro del apartado aéreo encontramos su cadáver. ¿Misterioso, no?

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Abelardo si que era un personaje muy demalas en esta vida, tan demalas que un día se apuntó pa’ la rifa de un revolver y no se ganó ni un balazo, le dieron machete.

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Un marranito se trepó por una escalera y se puso muy contento, pero cuando iba por la mitad le dio miedo y se resbaló. Cuando cayó se quebró en mil pedazos, porque era una alcancía.

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Un campesino tenía una gallina que ponía huevos de oro y un día decidió matarla, dizque para sacarle la minita… Obviamente no encontró nada y quedó con un solo huevo, entonces se sentó a empollarlo y de él nació una vaca que da la leche en polvo. Ah, también tiene una pata que pone los huevos morados. No me pregunten cuál.