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17 mayo 2023

Cuento Ganador

INSTITUTO TECNOLÓGICO METROPOLITANO
FACULTAD DE ARTES Y HUMANIDADES
JEFATURA DEL PROGRAMA DE IDIOMAS
ÁREA DE LENGUA MATERNA

La jefatura del programa de idiomas hace constar que el señor: John Alexander Cuervo López ocupó el Primer Lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma.

Medellín, 15 de abril de 2011

LA TARTANA DE DON CUCO

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: "Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado". Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la "concorgaña del gutiplin", cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: "¡Uy qué nave!".

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro "Don Cuco, regálenos una moneita".

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco" en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los "chirifrostis" y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.

01 mayo 2012

ÁFRICA IMAGINARIA

El África que conozco es el continente que me enseñaron, el que aprendí en el colegio en las clases de geografía e historia, en los álbumes de cromos coleccionables, los museos, los periódicos, el cine norteamericano y la televisión.

El África que conozco, es absolutamente imaginario. Un continente inmenso de muchos países cuyos nombres nunca he podido recordar y territorios extraños, la selva misteriosa con sus animales y tribus hostiles, los caníbales, hombres pequeños de piel bastante oscura, boca grande y un huesito atravesado en su tupida cabellera, que rinden culto a los volcanes y viven en aldeas conformadas por una serie de chozas de paja rodeadas de calaveras empaladas y figuras monstruosas de madera tallada.

Es el lugar donde habita el hombre mono que con su condición venció a las fieras salvajes y urbanas. Fue protagonista de muchas películas e historietas, por medio de las cuales conocimos aspectos verdaderos y falsos de estas tierras y su vida fantástica.

África es la tierra donde muchos se mueren de hambre… niños, mujeres y ancianos flacos en tierras polvorientas, rodeados de moscas y de fotógrafos interesados en ganar premios internacionales. Mientras otros hombres, que cambiaron el arco y la flecha por ametralladoras AK47, cuentan su riqueza en cabezas de ganado, conquistan a sus mujeres haciendo muecas estrafalarias y se visten de indígena para las cámaras.

En África se hacen los safaris y los documentales para Discovery y la National Geographic, donde los animales tienen nombres de personas, sufren, ríen, y lloran… La lucha por la supervivencia es constante, los elefantes son perseguidos por su marfil, leones y hienas son eternos enemigos, pasan escarabajos arrastrando su bola de estiércol a gran velocidad y los surikatas, primera telenovela del reino animal.

De África fueron traídos los negros en calidad de esclavos a América, cazados como bestias salvajes y apilados en barcos como bultos, trajeron consigo su cultura que conquistó estas tierras, la música que heredó el jazz, el blues, la cumbia, la salsa y el reggae, sus practicas religiosas ahora representadas por santos de tez blanca con nombres ocultos, el baile acompañado de colores se ha manifestado en las festividades de todos los pueblos de este continente.

Bastante mítico es África, se han formado allí símbolos que permanecen en el tiempo y han influenciado la cultura global, un mundo de mitos ancestrales y mitos modernos, hasta en el arte, bastante etnocéntrico, se ha colado el alma negra. Pintores como Klee, Picasso y Lam tomaron elementos africanos para sus pinturas, seducidos tal vez por esa peculiar forma de representación: figuras simples y esbeltas, colores terrosos y vivaces, signos mágicos y las mascaras, elemento de comunión con el cosmos.

Muchas personas no saben aun que en África fue donde tuvo origen el ser humano, que todo tiende a regresar y que a estas alturas del partido de una forma u otra hemos tenido algo que ver con lo “afro”, prefijo que se le pone a las cosas que tienen algo que ver con aquel continente.

Nunca va a dejar de interesarnos lo que proviene de allí por su carácter fuerte y extraño, otros llamaran exótico. Nuestras cosas y actos siempre van a poseer algún elemento afro, el hablar, la música, los bailes, los cantos, la comida y las imágenes. “África paga, África espera”… En nuestro imaginario permanecerá África porque “Los dioses deben estar locos”.

Publicado en la Tekhné (periódico institucional del ITM). Edición 67 de mayo de 2012.

16 febrero 2011

Como pétalos de rosa

Martín Gilberto nació delicado, con la voz y los ademanes que la sociedad no le perdona a un varoncito. Jugaba a las ollitas, con carteras y le cosía ropa a las muñecas de la hermana, mejor dicho: “lo único que le faltó para ser marica era que le gustaran los hombres”. Pero no, eso nunca se le pasó por la cabeza, a él le gustaban las niñas, mas tuvo que cargar durante las épocas de escuela y colegio con las burlas de sus compañeros, que lo llamaban polla, floripondio, mariposa y toda clase de denominaciones despectivas que existen para un afeminado.

Después del colegio, sus allegados pensaron que estudiaría corte y cepillado, pero el muchacho se inclinó por los sistemas, hizo un curso de "computadores" y con unos ahorros que tenía se compró un equipo. Puso un aviso en la ventana de su casa que decía: “Se hacen tareas y trabajos por computador”. La gente del barrio lo reconocía por ser un joven muy ordenado y es por esto quizás que consiguió bastante clientela; lo llamaban: “el duro de los computadores”.

Un día llegaron a su casa un par de muchachos reconocidos en el sector por pertenecer a un grupo de esos que operan al margen de la ley, uno de ellos se quedó afuera; el otro ingresó a su casa a proponerle algo a lo cual no se pudo negar, pues estaba amenazada su integridad física y hasta su vida. Le tocó ser eje de las comunicaciones entre el comando central que operaba en algún lugar de la selva y el grupo del barrio, entre los cuales ni uno sólo sabía, siquiera, como encender un computador. El trabajo de Martín consistía en enviar y recibir E-mails, imprimir algunos y entregarlos a los muchachos.

Pronto su trabajo comenzó a ser muy apreciado en la organización, imprimía los mensajes que estaban destinados a los muchachos en papel de colores fondeado con flores y muñequitos, y los correos destinados al comando central, los enviaba con letras de colores, emoticones y animacioncitas. Se convirtió en el vocero de los líderes y se volvió respetado, claro, porque el que se atreviera a volver a tratarlo de “mariquita” se ganaba “la pela”. Comenzó a frecuentar los lugares habituales de reunión de aquella tracamanada de pillos, los hizo organizar “mejor”: a los mal vestidos los mandó a comprar ropa, a los despeinados los mandaba a peinar, a los sudorosos les echaba loción, les corregía lo mal hablado y hasta los puso a brillar los “fierros”. Ellos sin chistar le hacían caso en todo y finalmente lo que la gente del barrio conocía como “el combo de los barbaos”, terminó siendo llamado “LA BANDA DE LOCA”.

Alex Cuervo - Junio 25 de 2008.

11 agosto 2010

Arte, tierra y el juego de las clasificaciones

23 de Mayo de 2007

“Acercarnos al trabajo de Alex Cuervo es permitirnos observar la relación cotidiana con los materiales y el rescate de la tierra misma habitada por lo común. Es un observador silencioso de lo sutil en la rudeza misma de la naturaleza, del hombre de la calle, de la muerte. Coleccionista de detalles, clasifica la curiosidad en asombros; contrarios que se mezclan sin violentarse, marcas que a veces tímidas anidan sus búsquedas”.
Viviana García.

La técnica que empleo parte de lo simple, me inquieta el tipo de observación que los antepasados utilizaban para relacionarse con el medio natural y los modos de operar para sobrevivir. Es un proceso latente que vivo desde lo cotidiano, en la búsqueda constante de la economía y la intencionalidad del material. Tiene que ver con el hombre común, rodeado de elementos factibles de convertirse en estéticos, “me place más la cabuya del tendero que la del gran supermercado”, lo sintético habla de una producción en serie, mientras lo otro de algo directo, vivencial y sentido.

Cuando niño jugar con tierra llagaba mis manos, de ahí la importancia en ellas y de la manipulación para crear en lo simple y lo pequeño, también el sentir la tierra cercana que a la vez abrió puertas a otros universos. El juego aparece como asombro de esos mundos; cuando trabajo establezco la inocencia de jugar como un acto de amor, lo uno y lo otro se entremezclan, lo “feo” que también es “bello”, lo “bello” que también es “feo”; subjetividad que conjuga las dos cosas poetizándolas.

“Aspiro a un arte que esté conectado directamente con nuestra vida corriente; un arte que arranque de esa vida corriente, que pertenezca a nuestra existencia real y sea la emanación inmediata de nuestros verdaderos humores”.
Jean Dubuffet.

El referente más cercano a la obra es Dubuffet, antes que plástico teórico; conocí sus escritos quedando enormemente sorprendido con sus reflexiones hacía la materia, lo cotidiano en lo popular y ese interés suyo por los “valores salvajes”. Después vendría la obra, por la que siento gran admiración, rescato su buen sentido del humor y su depurada técnica. Influenciado por ésta descubro orificios, descascarados, esgrafiados, raspados, aglutinados, craquelados... que, habitados en el tiempo devienen espacios húmedos y derruidos induciendo a estados de ánimo, que influyen en la concepción de imagen imperfecta -evolución incorrecta pero deliciosa-.

Armonizar el espacio y las formas en el gusto por lo natural
El círculo participa en rituales indígenas, no es lineal, atiende al recorrido continuo, se intervienen con él los espacios para acentuar el tono de las formas naturales y miméticas. Son constantes la cabuya, la tierra y la madera, se busca la relación entre lo brusco del material y lo sutil de las formas.

Los afectos participan como formas e inquietudes constantes: bidimensionalmente se recrean imágenes de animales como cromos coleccionables, frustración de la infancia por no pertenecer a una tradición libresca. A la parte tridimensional se suman, de igual forma como inquietudes reiteradas, elementos vegetales que semejan bichos de configuración extraña y fósiles en bloques de tierra, construidos con objetos encontrados; creaciones ficticias mostradas en forma museística, exhibidas en frascos de vidrio y repisas para entrar en juego con el espectador. El interés es siempre, “dejar algo en la memoria”.

La forma del trabajo, surge del primitivo encanto por clasificar: forma humana de estética elemental, basada en la acumulación de elementos con una característica común pero con diferencias marcadas. Clasificar es una necesidad, lectura del arte como fundamento de ordenar el mundo; cuando trabajas se plasman los afectos y seleccionas, coleccionas, las cosas van ahí, miedos y afectos, el gusto por lo sutil y a la vez el equilibrio. Existe un interés por la historia, es placentero conocer el pasado y la forma cómo los objetos se relacionan con el medio, pero es más placentero inventar esa historia, fantasear con los objetos, armarlos, renombrarlos, envejecerlos para que posean aspecto arcaico, incompletos para que parezca que esas piezas que faltan, se hayan perdidas en el tiempo.

El artista debe ser un excelente clasificador para formalizar su trabajo de forma puntual. Es desconfiar de lo aprendido y ponerse en la tarea del hombre medieval de conocer su entorno por sí mismo para enriquecer la obra, que es su vida.

“El poder del hombre no lo ha hecho dueño del secreto del olvido. El artista continua siendo un cautivo de su historia personal, de su presente, de su cultura y su obra, siguiendo su propio camino, que lo destina a la ausencia o a la permanencia en la memoria de los hombres”.
Michel Romiex.

10 agosto 2010

Monstruos (justificación de la forma)

Nací en una cultura que inculca miedo a la naturaleza. “Ese animal pica”, nos decían cuando teníamos contacto con algún “bicho raro”. “Esa mata es veneno”, lo decían cuando teníamos contacto con una planta. Restricciones algo extrañas que reflejaban más los miedos de nuestros padres que los nuestros en el momento de descubrir el mundo. Nos crearon monstruos, crecimos con miedo.

Mi propuesta nace del afán por vencer ese monstruo; ese miedo. El temor por las lagartijas nocturnas me lleva a reflexionar sobre este tema que es todo un concepto (el monstruo), un animal tan “insignificante” que ningún daño podría causar a un ser humano y que habita mi espacio, puede causarme restricciones para transitarlo libremente.

La creación de monstruos siempre ha sido un juego de mi predilección. En mi infancia derretía, con el fuego de una vela, la cabeza de un muñeco de plástico para pegarle la de otro diferente y así crear un nuevo personaje. Esto era lo que más me divertía, el placer que se siente al crear (dominar el monstruo).

Los prejuicios que poseo, inculcados desde la infancia no me permiten abordar la naturaleza sanamente, algo que deseo hacer y que las artes plásticas posibilitan al ampliar los rangos de juego, con las ideas, los procesos, los materiales…

Me interesan los “monstruos” como figuras que hacen parte de la cultura, del pensamiento mítico. Es una creación imaginaria que se encuentra dentro de los límites de lo posible, como construcción que parte de elementos y formas de la realidad, de la naturaleza. Son cualidades de estos: la deformación, el injerto, el remiendo, la materia brusca, la malformación, la baba húmeda, los ojos amenazantes y otros elementos que iré acotando con el tiempo.

Hacen parte de esta obra el color impuro, la mancha, el orificio programado, descascarados, esgrafiados. Todo esto justificado desde mi vida cotidiana: las paredes húmedas de mi habitación.

El gusto por el monstruo lo encuentro en el placer que produce su creación como una forma de juego y su destrucción, que está en las manos de su creador.

Esto parte del interés que caracteriza mi propuesta personal, inquietudes insertas en los conceptos de “Naturaleza y Cultura” como elementos de un lenguaje antropológico que no me es ajeno.

La investigación a nivel matérico y las variaciones que puedan sufrir las técnicas tradicionales con el fin de deformar, son muy importantes ya que permite darle carácter a la obra en torno a la figuración selecta.

09 agosto 2010

ESPACIOS SECRETOS

A Emanuel

“El artista es un cautivo de su historia personal,
de su presente, de su cultura y su obra”
Michel Romiex

En los juegos de infancia existen espacios secretos que sólo se comparten con los amigos. Lugares no muy lejanos, con los cuales se podría construir un mapa al estilo de las antiguas cartografías que representaban espacios reales e imaginarios con seres mitológicos. En un papel engrasado y amarillento podrían verse en colores diluidos, líneas simples y torpes letras: la quebrada, el arrollo de los cangrejos, la cueva del indio, el yacimiento de arcilla, la laguna Libélulas y la madriguera de los conejos.

Nuestros espacios preferidos eran las charcas de agua estancada en pequeñas depresiones de terreno, en el monte. Allí era posible observar las raíces de los arbustos trenzarse hacia lo profundo, gran cantidad de ese moho flotante que le da un aspecto enrarecido al agua y zancudos caminando sobre su superficie con habilidad mágica. Pero lo que verdaderamente era un espectáculo, digno del juego de la observación, eran las libélulas: mirarlas desovar y volar era un sueño constante, perseguirlas para luego atraparlas cuando reposaban sobre alguna rama era un acto heroico.

“Matacaballos”, nos decían los adultos que se llamaban las indefensas libélulas, que porque “con su picadura podían matar hasta un caballo”. Afortunadamente desconfiamos de ésta absurda teoría, que expresa más los propios temores de los padres que los nuestros en el momento de descubrir el mundo. Pero un explorador de su mundo no debe tener miedo, con gran respeto corríamos a atrapar libélulas para observarlas y luego volver a soltarlas. Así fue el comienzo de una relación mítica con un animal y un espacio reales, que se convirtieron en símbolos y por tanto en experiencia estética.

Allí en los espacios secretos los zancudos eran aumentados a tamaños increíbles gracias a la lupa de la imaginación. La libélula era reina, con sus colores metalizados que jamás habíamos visto, nos deslumbraba y hacía más felices. Las raíces de los arbustos se nos antojaban brazos de animales extraños y sus recodos nos hacían pensar en cavernas oscuras y misteriosas aun sin explorar. El moho flotante se convertía en un colchón de verdes fluorescentes, sobre el cual caminábamos cuidadosamente cuando nos hacíamos pequeños.

Me siento afortunado de haber explorado mis espacios secretos, de haberlos llevado a la calidad de símbolos y de poseer aun el interés de reconstruirlos. Para ello hay que organizar, sólo con los amigos, una expedición que podría durar el resto de nuestra vida para reunir mucha información de toda clase y hacer con esta una gran enciclopedia donde lo real y lo mitológico no posean diferencia alguna.

Alguien se preguntará: ¿Después del tiempo, el camino a los espacios secretos de la infancia se habrá olvidado? Y le puedo responder tranquilamente que eso es imposible para aquellos que poseen un mapa que hace parte de la serie: “Cartografía del alma”…

20 julio 2010

EL CUADERNO DE ROCK EN ESPAÑOL

Era el año de 1988, época en la cual el profesor “Murray”, hermano de la profesora Ascensión, fue descalabrado con un bote de basura que unos compañeros pusieron en la parte superior de la puerta entreabierta con el fin de que le cayera al primero que tratara de entrar al salón de clases, con tan mala suerte para todos que fue al profesor al que le tocó el totazo y con un poquito de sangre en la cabeza y un dedo amenazante juró acusarnos a todos… Yo cursaba séptimo grado de bachillerato y recuerdo que en los aburridos actos “cívicos”, después del “Juro por Dios fidelidad a mi bandera y a mi patria Colombia… ¿Juráis?... ¡SÍ JURO!”, siempre ponían a un “pelao” que sabía tocar guitarra, a interpretar “Amante niña” de Leonardo Fabio. Pero un día de aquellos, en que por el bien de la humanidad las cosas cambian, no se subió el ídolo de las secretarias con su guitarra lustrosa y su voz afeminada, sino un muchacho “mono”, de un grado superior al mío, vestido de overol y tenis “pisa-huevos”, a hacer la fono-mímica de un par de canciones que a mi me resultaban desconocidas pero interesantes. Esas fueron “Yo no me llamo Javier” de Los Toreros Muertos y “Devuélveme a mi chica” de Los Hombres G.

Fue muy divertida la actuación del “mono”, se movía bastante gracioso y se sabía muy bien los temas. Quedé medio “picoteado” porque yo no conocía aquellas canciones, sobre todo en la que decían “MARICA”. Pero luego empezaron a sonar en las emisoras y con bastante frecuencia…

Comenzó el BUM! Del Rock en Español… Y fue así como conocí y me hice fanático de este género musical que marcó un hito en nuestra vida de adolescentes en aquella época, que cambió nuestras costumbres, sobre todo en la forma de hablar, de vestir y de pensar… Pero este no es el tema principal del que les quiero hablar en este texto, lo que quiero realmente es recordar aquella labor romántica que teníamos algunos de recopilar artículos de prensa, imágenes, apuntes y letras de canciones en un cuaderno. Como una representación más del diario de niña repleto de cositas “kyut” o como un herbario, pero en este caso con una colección de extrañas plantas de periódico plegado y apuntes sobre bichos raros.

Una compañera fue la primera que me mostró un cuaderno de música, lo tenía lleno de recortes de periódico, sobre todo de música en inglés, a mí esa música siempre me ha gustado pero con el bum del rock en español se me afloró un extraño y absurdo radicalismo por mi lengua materna y por esto fue que decidí llenar un cuaderno de rock, pero sólo en español. Además en mi casa se compraba El Colombiano todos los días, cuando el periódico no era más caro que la leche.

En un cuaderno de “HE MAN” de 50 páginas, argollado y plastificado, empecé a pegar recortes de periódico finamente doblados que contienen biografías y artículos bastante pobres, fotos y dibujos de monstruos o tipo graffiti y las letras de las canciones más representativas de la época.

Por ejemplo uno de estos recortes titula: “Las 20 máximas de 1988 en español en Veracruz Estéreo” allí se pueden leer las canciones más pedidas, en el siguiente orden:

1. El Halloween de Pochito de Veracruz Estéreo,
2. Mi agüita amarilla de Toreros Muertos
3. Mil horas de Abuelos de la nada
4. Devuélveme a mi chica de Hombres G
5. Pilar de Los Toreros Muertos
6. El baile de los que sobran de Los Prisioneros
7. Yo no me llamo Javier de Los Toreros Muertos
8. Pensé que se trataba de cieguitos de Los Twist
9. Ni tú ni nadie de Alaska y Dinarama
10. El twist de Luís de Los Twist
11. Sexo de Los Prisioneros
12. Litros de alcohol de Ramoncín
14. Luna de miel de Virus
13. Mi novia se cayó en un poso ciego de Los Fabulosos Cadillacs
15. A quién le importa de Alaska y Dinarama
18. Pérez-Troika de La Sonora De Bruno Alberto
16. Lobo hombre en parís de La Unión
17. Bailaré sobre tu tumba de Siniestro Total
19. En la calle de Compañía Ilimitada
20. La muralla verde de Enanitos Verdes

De casi todas estas canciones se publicó la letra en las páginas especializadas de los periódicos todos los viernes.

Pero ¿cómo se escribían las canciones? antes de que empezaran a aparecer en los periódicos:

Se le echaba mano a la grabadora y se ponía el cassette, previamente grabado de alguna emisora, se activaba el play (>) y el pause (II) al mismo tiempo para que la canción no empezara inmediatamente y luego quitando el pause se escuchaba un fragmento de la canción, se pausaba de nuevo y se proseguía a escribir lo escuchado, que no siempre era lo que realmente decían los cantantes. Se corría el riesgo de escribir barbaridades bastante cómicas tales como:

“Cuando se besan los paso a matar”, en vez de “Cuando se besan lo paso fatal” (1).

“Me dije viejo aprovechá tus hobbies”, en vez de “Me dije viejo aprovechá sos joven” (2).

Y esta joyita de un amigo: “Tienen sangre tipo B, nos quieren aniquilar”, en vez de “Tienen armas y poder, nos quieren aniquilar” (3).

Hay muchas más que recuerdo y que son buen tema para una tertulia de viernes en la noche con una cerveza en la mano y varias en la cabeza.

Algunos de los artículos que posee mi cuaderno titulan de la siguiente manera: “Hombres G. Un proyecto de colegiales”, “Toreros Muertos. Sus opiniones en un coro de gallinas”, “El viejo Charly”, “Una noche de aquellas que nunca fue” y muchos más. También se pueden ver fotos de conciertos y carátulas de discos. En fin, esto es una colección de documentos que pueden no tener interés para nadie, sobre todo para la generación actual de jóvenes que no tienen memoria a largo plazo porque el ruido y la velocidad de este tiempo no la permiten, pero que para nosotros es el “flash back” de una época donde encontramos nuestra identidad, desarrollamos el gusto musical, por lo menos con algo de criterio, y realmente nos divertimos sanamente, muy a pesar de lo que pensaban aquellos moralistas que se asustaban con esas líricas poco habituales consignadas en mi cuaderno de Rock en español.

14 julio 2010

7 cruces a la izquierda

Wilmar zapata era un pelao inteligente, pero a la vez güevón. Yo lo distinguía desde sexto y también lo conocí en décimo, en clase de culinaria, los dos caímos ahí porque el cupo para dibujo técnico y metalmecanica ya estaba lleno. Ese man quedó habilitando bandeja paisa porque le quedaban chorotos lo frijoles y se le quemaban las tajadas.

Cuando estabamos en once, empezó a salir con unas ideas todas raras, usaba botas militares y los pantalones doblados en la parte de abajo. A la salida del colegio siempre lo esperaban unos tipos ya mayores, Barbados y con mochilas de cabuya. Se mantenía con un librito bajo el brazo, disque "El Manifiesto Comunista ilustrado por Riux" y en los cuadernos llevaba unas fotos de un tal Guevara; un man barbado de boina militar que hasta los conductores pegan calcomanías de él en los buses.

Wilmar fue el que me enseño a tirar piedra. En esas se mantenía y a cualquier cosa reaccionaba así: Que un problema en el colegio ¡roca!… Que una pelea de borrachos ¡Roca!… Que un chofer no lo dejó subir por la de atrás ¡Roca pa'l bus!… Todo era roca.

Cuando murió, en ese tiempo andaban en unas manifestaciones contra la privatización del SENA, estaba más contento que un sádico con preescolar, faltó como tres días a clase y dejo una chicha debajo de la poceta. El hecho es que, a mí me contaron, en la tarde esperó el bus en la esquina del Consumo de Pedregal para colearse, pero este venía muy lleno y arrancó muy rápido, Wilmar no alcanzó a agarrarse y se estrelló contra el piso con la mochila… Llena de petardos.

Como es común en los pelados de los barrios pintar una cruz en el pavimento en el lugar donde murió o fue asesinado un amigo, nos toco hacer más de media docena: A la entrada del Consumo donde cayó una pierna, en la esquina del frente donde cayó la otra, hasta en Comfama donde cayó un brazo, en Coldeportes, en la quebrada y la cabeza… esta es la hora que no la hemos podido encontrar.

Augusto el tren de la muerte

Augusto “frijol” era de esos pelaos que cuando van a salir a la calle la mamá siempre les da recomendaciones, que “mijo acomódese el cuello de la camisa”, que “no se le olviden la llaves, que la billetera, que “no vaya a beber mucho” que porque “eso le hace mucho daño” y que pórtese bien. Nosotros lo estimábamos bastante, posiblemente por el aspecto enfermizo que tenía, era chiquito y flaco como un palillo. Nos hacía reír muchísimo, porque tenía una gracia de saltimbanqui nato y un montón de tics nerviosos.

Un sábado, de esos de pogo y bebida, fuimos por él a la casa y después de mil recomendaciones de la mamá, salimos para donde “el nieto” que era otro miembro habitual del combo. Rato después de comentarle el plan y la intención de armar el parche en la casa de él, nos dijo que no se podía que porque allá estaba la abuelita y que ella era muy brusca para poguear, que una vez le había reventado la boca al “burro” y a “carelapida” la cabeza con un bastón de macana.

Entonces decidimos ir donde “carelapida” que cada rato decía que cuando quisiéramos armáramos parche en la terraza de la casa de él. Una hora más tarde estábamos subiendo grabadora y llamando más combo. Había una garrafa de ron y una caja de cervezas. Todo iba muy bien, la garrafa estaba por la mitad y en la caja sólo quedaban dos cervezas, las mismas que quedaron allí desamparadas debido a la tragedia que sucedió. El pogo estaba suave, cantábamos himnos a la cerveza y algunos sacaban la cabeza por el balcón para devolver al mundo lo que se merece. Hasta que sonó la canción “Bestia, bestia” de los verdaderos Ilegales.

“Si crees que la calle cuidará de ti
Te romperán el cráneo en la primera esquina
Hay muchas navajas por ahí
Y puede que alguna te raje a ti…

Bestia, bestia…”

Entonces se paró el “burro” que estaba pasmado en una silla. Ese tipo era un “animal” que a sus escasos 16 años ya medía como un metro con noventa, tenía la espalda tan ancha como para pegar avisos publicitarios en ella y unos brazos de almádana que siempre parecían dispuestos a golpear. Saltó al pogo como un demonio toreado y le pegó un cargazo al pobre flacucho de “frijol” que lo mandó en un instante sobre el balcón, yendo a parar a la calle, tres pisos abajo. Lo único que dijo el “burro”, viéndolo caer, fue: “¡Hay jueputa, si no se mata queda bobo!”. Y no se mató… quedó postrado en una silla de ruedas, más pálido y flaco que siempre.

Después del accidente no lo olvidamos, los domingos lo sacábamos a pasear y lo llevábamos cuando nos parchabamos en la esquina de arriba a tomar cerveza. Pero Augusto si quedó fue bobo del todo, meneaba la cabeza de un lado a otro repartiendo babas a diestra y siniestra, sacaba el pipí delante de todos y se hacía la paja y fuera de eso, se tiraba unos peos más hediondos que el diablo.

No sé como fue que ese día salió rodando, seguro fue que se nos olvido ponerle el seguro. Tres cuadras, loma abajo, rodó el pobre hasta que se estrelló contra un barranco. Algunos vecinos que lo vieron pasar frente a sus casas, con esa sonrisa desbordante y la mano en el miembro, dijeron que parecía una máquina a vapor, que lo único que le faltaba era hacer ¡Tuuu, tuuu! Y otro señor que lo vio pasar frente a su puerta gritó: “¡Pobre tullido, si no se mata queda bobo!” Pero más bobo no podía quedar.

Jeringa grasienta

Entre el combo de los que salíamos a trotar los domingos al estadio estaba Fredy Alvear. Comía hasta mierda, si se la ponían bien adobada y pasada por manteca (la grasa en general). Huevos, chorizos, chunchurria, morcilla, empanadas, tortas de pescado. Eran sus favoritos, pero nada que decir de las butifarras que eran su debilidad. Él nos contaba que se transportaba a otro mundo cuando las mordía suavemente y se le chorreaba la grasita por la boca, cerraba los ojos y sentía el picante –este sentimiento es algo así como el amor –afirmaba. Y se le repetía cada vez que las comía.

¿Quién creyera? Que Fredy con toda esa grasa que se comía era flaco, con decir que le pusimos el apodo de "Jeringa". Mejor dicho ese man era envidiado por todos los gorditos que por más dietas que hacen no pueden bajar de peso.

Un día que estabamos en el estadio, como el Fredy estaba luquiado, nos invitó a comer a un chuzo de esos que hay por ahí afuera, que son dos bafles debajo de una carpa, una fritadora y una vitrina atestada de cosas de comer, de una apariencia algo respetable, cuatro mil moscas o más, dos negras que atienden con delantales curtidos y un negro que pone la música champeta y vallenata a todo taco –le dan a uno ganas de volverse corroncho... pero para suicidarse y dar ejemplo–. La mayoría nos comimos de a una empanada, porque se llenaba uno viendo la manera de tragar chatarra de Fredy "Jeringa". Nos decía: "Coman, coman muchachos que esto no se ve todos los días", Con la boca llena de chunchurria, luego se embutía tres chorizos, una vara de morcilla, cinco chuzos de cerdo, en fin, toda variedad de cosas que veía. Hasta se comió una careta de marrano entera con papa, yuca y arepas, y se merco diez mil pesos en butifarras –que no le podían faltar –para seguir comiendo en el camino. En el bus, la gente se tapaba la nariz debido a la hedentina del contenido de la bolsa, y "Jeringa" muy feliz ni se inmutaba, concentrado en su mascurreo; lanzaba las bolas de carne desconocida al aire y las atajaba en su boca cual maromero de circo pobre. En la tarde cuando llegamos a su casa, el flacuchento garoso ese se nos maluquió y tuvimos que llevarlo a la intermedia de Castilla. El médico le dijo que tenía el colesterol altísimo, que no podía comer grasa y que debía llevar una dieta vegetariana –¡Ese era el fin para "Jeringa"!–. Al cabo de una semana se le veía deprimido, pálido y tembloroso. Rebajó dos kilos, parecía un esqueleto viviente y no volvió con nosotros al estadio.

Y llegó diciembre que es el mes de la parranda. Como siempre acostumbrábamos, alquilamos entre todos los amigos y amigas un bus para ir a ver los alumbrados –Bueno, ese es el pretexto para beber ese día, porque lo que menos se ve es alumbrados–. Fuimos a la playa, al edificio "inteligente" y cuando llegamos al paseo del río fue cuando ocurrió la crisis a Fredy, debido a que en todo el trayecto colocan ventas de toda clase de porquerías: desde artesanías, chorro, juegos de curí, hasta comida. Entonces empezó a ver las butifarras por montón; al principio las miraba de reojo y con cierto odio, como si ellas lo hubiesen traicionado. Pero luego vio lo que iba a acabar definitivamente con su existencia: las butifarras más grandes que él había visto y nunca más volvería a ver en su vida, eran como veinte veces más el tamaño de las normales… En ese instante lo agarró un temblor y unos nervios los verracos, los cuales se le acrecentaban con los gritos de la negra del chuzo: ¡Butifarras, butifarras, las más grandes del mundo! –Eso parecía amor a primera vista–. El Fredy no llevaba casi plata, entonces comenzó a pedírnosla prestada, que él nos la pagaba como fuera. Nosotros le decíamos que no, que se acordara eso como le hacia de daño, pero empezó a volverse más insistente y suplicante, y no tuvimos mas de otra que prestársela cuando iba a empezar a llorar. Se compró cinco mil pesos de "las butifarras más grandes del mundo", se las engullía sin piedad; a nosotros se nos salían las lágrimas al ver su alegría y decíamos que ese hombre no tenía boca sino "tarraya". Hasta que en la tercera, soltó la bolsa y se agarró la garganta con las dos manos, se puso morado y brotaron sus ojos, luego cayó al piso convulsionando... Fredy "jeringa" murió atragantado por una herradura.

09 julio 2010

El corrido de Lucio Vásquez

Basado en la canción de Antonio Aguilar.

Esta historia comienza como las clásicas películas japonesas, con un majestuoso paisaje de montañas negras, cielo anaranjado, nubes espesas y un grupo de aves pasando en un apacible vuelo, para luego narrar un suceso de carácter violento. Pero no con música hecha con instrumentos de bambú sino con ranchera de fondo.

A sus escasos 35 años Lucio no tenía otra profesión más que la de voceador, trabajaba disfrazado de payaso anunciando el menú del día afuera de un restaurante en el centro de la ciudad; de esos que venden un puñado de frijoles mal escogidos, arroz mazatudo, la carne delgadita como tela y ensalada de repollo con el limón agrio en un plato despicado, acompañado de jugo de guayaba vinagrosa o de tomate de árbol, por solo tres mil “pesitos”.

Los días que le iba mal, porque su sueldo estaba condicionado por la cantidad de personas que fueran a comer al restaurante, los compensaba trabajando en los buses de transporte urbano, para poder llevar “alguito pa’ la casa” donde vivía aun con sus padres. Hablaba con voz chillona y carrasposa que la gente pensaba era fingida por su rol de payaso, pero no, esa era su voz natural. Después de una tanda de pésimos chistes que muy pocos disfrutaban remataba su show de miseria sacando dos destornilladores que hacia sonar en el pasamanos del bus para comprobar su rigidez, argumentaba que lo que iba a hacer era bueno para combatir la congestión nasal y que no era apto para enfermos del corazón, se introducía los destornilladores por la nariz y luego comenzaba a sacar y meter uno y otro como si estuviera bombeando. Algunos pasajeros del bus se quedaban pasmados, otros se querían bajar o tirarse por la ventana, los demás simplemente no le hacían caso.

La noche del terrible suceso, llegó más tarde de lo acostumbrado porque no le fue muy bien, su mamá lo recibió con un platado de arroz caliente y huevo revuelto porque sabía que el muchacho, como de costumbre, llegaba con una “gurbia” atroz. Eran las diez de la noche y no iba aun por la mitad del plato cuando escuchó el ruido de unas motos acercarse a la casa y luego vio aparecer al “bozo e rata” y al “care muñeca” que lo invitaban a un baile. Que “mera chimba de parche mono”, que buena música y “chorro mi niño”, que allá estaba la Margy Zulay con ganas de “velo”. Y por eso fue que se animó a ir, a pesar de que su mamá le decía que no fuera que tenía un “palpito muy maluco” y el papá también le dijo que no fuera por allá, que esa mujer lo iba a llevar a la perdición, pero Lucio hizo caso omiso a las recomendaciones de sus padres, ni siquiera se despintó la cara, lo único que hizo fue cambiarse los zapatos porque los de payaso son muy incómodos para bailar, se montó en la moto con “care muñeca” rumbo al baile que era en un bar llamado “Sierra Mojada” abajo en la principal.

Cuando llegaron al “parche” allí estaba “jeta e mula”, que también le decían “dientes de morder a cristo”, con un “combo de faltones” todos mal encarados, con ganas de “joder la vida” y poner problema. Lucio le “echó mano de una” a la Margy y se pusieron a bailar Carruseles del grupo Miramar. No paraban de charlar y bailar, bailaron Rebelión de Joe Arroyo, Que nunca me falte del Combo de las Estrellas y hasta el baile del perrito, cuando se acercó “jeta e mula” y le pidió a la Margy bailar la próxima pieza, Lucio le dijo con esa voz chillona “no amigo la nena está acompañada”, el otro no hizo buena cara, le dijo “todo bien cucho” y se retiró, pero todos sabemos que “todo bien” es “todo mal” y la cosa no iba a parar allí.

Desde el fondo del bar “jeta e mula” le mataba el ojo a la muchacha y los otros gañanes le hacían caritas de burla a Lucio y le decían payaso en voz baja. Después de mucho bailoteo el calor arreciaba cada vez más y al protagonista de nuestra historia ya se le empezaba a escurrir la pintura de la cara, decidió invitar a su “polla” a una gaseosa, se acercaron a la barra del bar, pidieron naranjada y fue en ese momento que los mal encarados aprovecharon para llamar a Lucio, el muchacho con poca malicia se acercó, le ofrecieron un trago el cual no lo aceptó y de inmediato empezaron a decirle que “que man tan picao” que con esa “fufurufa” que andaba, se ofrecieron golpes y salieron a la calle a pelear. Le dieron tres puñaladas de la espalda al corazón y como si fuera poco le echaron tierra en la boca y así lo vieron morir. Lo mataron a traición.

Margy Zulay gritaba como loca “por qué, por qué” arrodillada frente al cadáver de Lucio Vásquez que yacía allí inerte en un charco de sangre, mirando hacia el cielo con la mitad de la cara despintada, el pimpón en la nariz y la boca llena de tierra como para sembrar begonias en ella. Sus padres quedaron desconsolados.

Así termina la narración de la trágica muerte de Lucio Vásquez que murió por una joven que amaba, con el mismo majestuoso paisaje del principio, montañas negras, cielo anaranjado, nubes espesas, un grupo de aves pasando en un apacible vuelo y con ranchera de fondo.

23 de mayo de 2007

El Destruyer

Basado en la canción Destruye de la agrupación Ilegales de España.

“Carlitos” se pasaba horas enteras en el zoológico, sentado en una piedra al lado de las jaulas, contando sus problemas a los tigres. Parecía que tuviera los zapatos clavados al piso, nunca se cansaba de la misma posición y sólo articulaba la boca. Solamente se movía cuando el celador del “zoo” se le acercaba a decirle: “Bueno muchacho, váyase para la casa que es hora de cerrar”. Le contaba a las fieras de apariencia mansa que lo miraban con atención, que él cuando pequeño era una “mierda”, o bueno, eso era lo que decía su madre, que tuvo una novia a la cual un día vio con otro “pelao” y cuando fue a hacerle el reclamo, lo cascaron entre los dos… Tarde se dio cuenta que la mirada fija de los tigres no atendía a un interés por los problemas de él, sino a un beneficio gastronómico a favor de ellos.

La primera vez que intentó suicidarse, salía de darse una ducha y como no encontró nada cortante a un metro de distancia pretendió cortarse las venas con la rasuradora eléctrica pero cuando la conectó un corto circuito lo arrojó contra una de las paredes del baño. Esto lo dejó atontado por varios días, con un beriberi extraño y siete puntos en la cabeza.

A “carlitos” lo obligaban a ir a la escuela, le colocaban diez relojes despertadores de los más ruidosos que había en el mercado, pero no sonaban al tiempo, sino a intervalos de quince segundos. Y si ese día definitivamente se resistía a ir, lo sacaban de la casa a punta de correazos, con la pesada maleta terciada al hombro y la lonchera llena de cosas que a él no le gustaban. Cuando estaba en la escuela recordaba a la “seño” en el kinder echándole ají en los dedos para que no se los chupara. En el colegio recordaba a la “maestra” en la escuela pegándole con una regla de madera en las nalgas, diciéndole al tiempo “Eso no se hace”. Bloqueó toda su atención en contra de cualquier cosa que tuviera que ver con matemáticas, ortografía e historia, odió a los “profes” de dichas asignaturas, siendo los primeros a quienes destruyó su auto, cuando entró a la patrulla de “LOS CHICOS REBELDES”. Se la pasaban tirando piedra contra la privatización de alguna institución pública. A veces se tomaban la universidad y lanzaban petardos contra la policía, luchaban largas horas y gritaban consignas contra el paramilitarismo, el imperialismo, el neoliberalismo y otro tanto de “ismos” más… Un día se dio cuenta que eso lo hacía sólo por hacer fluir adrenalina y quemar neuronas, que la revolución no existe y que cada cual, por más “caca” que hable, lucha por sus intereses particulares.

La segunda vez que intentó suicidarse, sacó un revolver que el papá guardaba en la mesita de noche. Horas más tarde estaba sentado en el quirófano, perdió el oído derecho, el revolver era de fulminantes. Los médicos pudieron haber hecho algo si el desdichado no se hubiera detonado el tamborado completo con el “arma” pegada a la cien.

Cuando “carlitos” fue al ejercito siempre se preguntó: “¿A dónde van los tiros?”. Además nunca quiso estar allí. Se mantenía recluido en el calabozo. Una vez lo “encanaron” porque en la práctica de tiro no atinó al blanco sino a un negro que iba trotando por la pista. Pronto se dieron cuenta que el calabozo no era escarmiento para él, pues allí era donde podía estar tranquilo, le daba igual, su verdadero castigo era el servicio militar. Salió más rápido que el resto de los que ingresaron con él. No querían tener más a un demente en las filas. Ese día quiso dirigirse directamente al zoológico pero tuvo que pasar donde el dentista debido a un dolor de muelas que lo aquejaba. Le extrajeron las cuatro cordales al tiempo. Luego no se dirigió a su casa como debió hacerlo sino donde quería ir desde el principio y no se sentó en la piedra a contarle sus problemas a los tigres, como de costumbre, sino que procedió a abrir las jaulas con la esperanza de que las fieras escaparan y se dirigieran al consultorio del dentista para devorarlo completamente. De esa forma se vengaría de ese individuo “depravado” que tanto dolor le había causado… Ese mismo día se enteró que los animales estaban viejos, enfermos, entumecidos y bastante desanimados para descubrir el mundo.

La tercera vez que intentó suicidarse, tomó los cordones de los zapatos, los unió, les hizo un nudo corredizo y luego procedió a atar el otro extremo al alambre de colgar la ropa. No recuerdo si fue el alambre o los cordones los que no resistieron el peso de su cuerpo, el hecho fue que cayó desde la terraza al patio fracturándose la pelvis. Esto le significo seis meses en la cama guardando reposo enyesado desde el ombligo hasta la mitad de los muslos, sólo con un orificio para expeler los excrementos. Desde aquel suceso no le quedaron ganas de volver a intentar suicidarse, descubrió que en la televisión hay todo un mundo por descubrir.

30 junio 2010

Cuentos cortos

Amebiasis
23 de Mayo de 2007

Cierto día, un joven estudiante de bacteriología acudía por primera vez al laboratorio, para mirar por el microscopio, y cuál sería su sorpresa al descubrir que en las amebas veía el rostro de su madre. Preguntándose aterrado si aquello que le ocurría era el famoso complejo de Edipo, corrió inmediatamente a buscar un psicoanalista.

Después de varios meses de costosas consultas, el psicólogo descubrió que el joven no había podido “superar al padre”, un viejo carpintero de oficio. Le dijo que a pesar de que había viajado tres veces a San Andrés, tenido sexo con dos mujeres al mismo tiempo y cursaba las carreras de ingeniería en sistemas y bacteriología, no se había podido construir un guarda ropas.

Pobre imbécil, no se dio cuenta, antes de dedicar media vida y más de medio salario a ese “buitre del inconsciente” que lo que pasaba no era que las amebas tenían la cara de su madre, sino que su madre tenía cara de ameba.


Desagradable gracia
23 de Mayo de 2007

Erimateo paseaba, cierto día, muy alegre, tarareaba una canción maluca pero pegajosa, cuando de repente le cayó una caca en la frente y parte del hombro izquierdo. De inmediato miró para ver cuál era esa “maldita ave” que le había provocado tal desgracia, proporcionándole tan desagradable gracia, pero no pudo ver nada. Aquella caca era algo extraña, un poco incolora, un poco insípida, no olía mal pero tampoco olía bien y era exageradamente brillante. El joven desesperadamente miraba para todos lados mientras seguía preguntándose qué ave era, ¿un gallinazo, tal vez? Pero no, ¿una paloma? No era posible. Pero… ¿qué plumífero podía expeler medio kilo, aproximadamente, de materia fecal? Miraba y miraba ansiosamente cuando, por fin lo vio, parado en un tejado. Estaba allí con sus blancas alas que batía torpemente, esa carita de “yo no fui” y una risita nerviosa que delataba a cualquiera… Señores: a Erimateo lo había cagado un ángel.

Lo que necesitaba era un exorcismo

17 de junio de 2008

Agustín el flaco, se le torció al diablo… algunos años antes en la encrucijada de caminos había hecho un pacto con este. Le pidió que si la mujer que amaba caía rendida a sus brazos, haría todo el mal que fuera posible. La relación con esa mujer que aun le trastornaba el sueño, no salió nada bien, siempre que quería hacer algo, le salía mal, demasiado mal.

Un sábado en la tarde, se le apareció el “príncipe de las tinieblas” a cobrarle el pacto hecho, porque lo único que había conseguido hacer mal era la relación con su mujer. El flaco sacó una estampita de la virgen del Carmen que cargaba en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo: “alejáte de mi negro hijueputa”, y corrió rápidamente a esconderse en la iglesia. El cura al ver su cara de susto se le acercó, inmediatamente Agustín le contó la historia, y este le respondió que lo que necesitaba era un exorcismo. Lo llevó a la parte de atrás del confesionario y allí le metió el bien y le sacó el mal, repetidas veces. Desde ese día, ese pobre muchacho, anda con unas manías muy raras, hasta le cambió el caminado, sigue yendo a confesarse frecuentemente y dice que no volvió a sentir la presencia del “enemigo malo”… Yo lo que creo es que el diablo no perdona.

El velorio de don Gregorio

18 de junio de 2008

Cuando murió don Gregorio, el señor de la tienda, lo velaron en la sala que queda al lado de la iglesia. A parte de su familia, asistieron muchas personas del sector porque el “cuchito” era muy apreciado en el barrio. Entre oraciones, tintos y guarito, iba transcurriendo el tiempo cuando entró al recinto un loco del sector, muy sucio y mal oliente, con su costal al hombro. Se acercó al féretro, talvez a rezar una oración, llamado por la curiosidad que le produce a la gente un hecho como este. Algunas personas que estaban allí se sintieron ofendidas por la presencia de aquel hombre y fueron a pedirle que se fuera. El loco sin problema se alejó, pero pasados unos 10 minutos volvió y de nuevo fue sacado de la sala. 15 minutos después, regresó como si no hubiera pasado nada y uno de los familiares de don Gregorio ya molesto le dijo en voz alta: “RESPETÁ HOMBRE, ANDÁTE QUE NO TE QUEREMOS VER MÁS POR AQUÍ”. El loco salió de nuevo, se dirigió a una de las ventanas por la cual desde la calle se podía ver hacia adentro y aferrado a la reja le gritó a todos los asistentes al velorio: “QUE HIJUEPUTAS TAN PICAOS CON ESA HILACHA 'E MUERTO”.

El montañero

25 de Junio de 2008

Edgar el “montañero” venía de un pueblo. Lo conocimos porque en el bar siempre invitaba a una ronda de polas, seguramente para que nosotros pagáramos luego las siguientes rondas, pero nunca lo logró. Se mantenía diciendo que el pipí de él era tan largo que se había hecho un tatuaje que en estado de reposo se leía: “Renopla”, y que cuando lo tenía parado decía: “Recuerdo de una noche de placer en Constantinopla”. Decía también que se había comido a la mitad de las mujeres del pueblo a punta de paja y que había desvirgado a la boba del barrio bajo, que desde ese día no paró de repartirlo a diestro y siniestro, poniendo a la mamá a criar nietos de todas formas y colores. Había uno mono, otro negro de ojos zarcos, otro pelirrojo y pecoso, unos gorditos, los otros flaquitos, hasta había uno que se parecía al cura del pueblo, pero como nada me consta dejo aquí, antes de que este cuento se me convierta en chisme. Luego les seguiré contando más historias del “montañero”.

20 junio 2010

Misterio

La siguiente viene a ser una serie de textos relacionados con temas de misterio con los cuales he pretendido acercar al lector al apasionante mundo de lo desconocido, claro, y como lo desconocido abarca tantos temas ha quedado la serie inconclusa a la espera de algún patrocinio por parte de una entidad del más allá que quiera mandar algunos pesos para acá y poder continuar con la investigación que llevará a buen término la redacción de este emocionante libro…

* * * * *

Misterio, es una verdad indemostrable que no podemos comprender. Además es la clasificación de algunas películas.



Supersticiones y agüeros

Si se pone roja una oreja, están hablando de uno, o hay que fumigar para que los malditos zancudos dejen dormir en paz.

Si se encuentra una moneda de centavo, guárdela, le traerá suerte siempre y cuando no se chupe los dedos, porque se puede envenenar.

Si un escarabajo revolotea la casa, anuncia visita, si son dos, traerán regalo, si son tres se le cagaron en la puerta.

Cuando chisporrotea la vela o la veladora, es buen agüero. Si además de chisporrotear se voltea y se incendia la casa, es mal agüero. Y si usted no sabe qué es chisporrotear, más de malas.

Una araña de siete patas es buen agüero. Eso sí, no se la vaya a pasar quitándole una pata a toda araña que encuentre porque así no se vale.

Para tener siempre buena suerte llevar consigo una pata de conejo o de venado, la de jirafa es mejor, pero es difícil de cargar.

Si entra a la casa una mariposa negra, mal augurio. Pero lo contrario si usted es entomólogo y el bicho es de una especie rara.

Si cuando se está mirando al espejo, este se rompe, indica que usted debe visitar pronto a un cirujano plástico.

Cuídese de no pasar por debajo de una escalera, sobre todo si el que está trepado en ella es obeso y está borracho.

Cuando una gallina canta como un gallo, indica mala suerte o malas noticias y usted deberá llevar al animalito donde un veterinario.

Apariciones

En la iglesia principal de San Jerónimo se quedó dormido un señor luego de estar rezando toda la tarde. Ya hacia la media noche escuchaba una desgarradora voz que lo llamaba. Se incorporó este señor sobre la banca y vio una extraña sombra que se dirigía hacia él. Temblando del susto exclamó en voz alta: “De parte de mi dios todo poderoso ¿quién es usted y qué desea?”. A lo que respondió la aparición: “Soy José Martín Medina, muerto hace tres años por las incidencias del destino. Deseo que usted o alguien caritativo, que no tenga nada más que hacer, le pague a don Gustavo Pérez, el dueño del deposito de materiales, cuarenta y siete tejas que le quedé debiendo antes de morir, y que me recen una novena, pero de aguinaldos así sea en agosto.

El señor decidió pagar la deuda guiado más que todo por la curiosidad. Don Gustavo recibió con tan buena fe el dinero que le cobró las tejas a precio de hace tres años. El “cucho” no se quedó con las ganas y le preguntó al dueño del depósito que quién había sido José Medina y que por qué le debía cuarenta y siete tejas. Contándole el dueño lo siguiente: “Ese muchacho era Joselito el hijo de don Manuel que el día que se mató estaba subido en el techo tratando de girarme la antena del televisor para ver el partido y se resbaló, cayendo y destrozándome casi todo el entejado… Que muchacho tan bueno hasta en la muerte se acordó del daño y me lo mandó a pagar”.

Cubierta la deuda el ánima de Joselito no se volvió a dejar sentir, porque parece que espantaba mucho a la gente quejándose de fuertes dolores de espalda.

Bebedizos

Un alumno de un colegio internado de la ciudad de Medellín, nacido en la costa, salió como de costumbre un domingo a ver una película. Terminada la “cinta” fue con unos amigos a tomar un refresco. Al terminarlo se sintió incomodo, molesto. Los compañeros pensaron que eran los calzoncillos que llevaba puestos, prestados por un compañero de menor talla. Luego en el colegio, el muchacho se agitaba, sudaba y muy agresivo demostraba ideas de suicidio: tratando de ahorcarse con los cordones de los zapatos atados al cable de colgar la ropa o tragándose una caja de fósforos entera.

Se llamó al médico el cual diagnosticó “burundanga”, pero no la canción de Celia Cruz, sino borrachero o cacao sabanero que llaman. Efectivamente se le suministró una inyección y comenzó a sentirse un olor a la tal burundanga. Una copera se la había echado el la Guaraná Caribe que fue el refresco que pidió el muchacho esa tarde.

El desdichado cursaba el cuarto año de secundaria, perdió sus facultades mentales y jamás pudo terminar los estudios. Últimamente le han visto mendigando en los buses, con dos cucharas tocando la canción de Celia Cruz “BURUNDANGA”.

Curanderos


Hay lugares en el bajo Cauca, en los departamentos de Bolívar y Sucre, donde no admiten a veterinarios ni técnicos zootecnistas con conocimiento claro sobre las enfermedades de los animales. En estos lugares se observa con verdadero estupor como un hechicero se toma un aguardiente doble, se acerca a un animal gusaniento, le hace unos rezos raros, le unta un emplasto de hierbas y van brotando y saliendo los gusanos despavoridos (lo del aguardiente doble yo creo que es opcional).

Otras veces al animal enfermo le dan unos brebajes, le rezan unas oraciones y este inmediatamente saca una camándula, se arrodilla a rezar y luego sigue su vida normal.

Si alguna res muere mientras se le hacen los hechizos, esto significa que habrá carne para varios días.