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14 julio 2010

7 cruces a la izquierda

Wilmar zapata era un pelao inteligente, pero a la vez güevón. Yo lo distinguía desde sexto y también lo conocí en décimo, en clase de culinaria, los dos caímos ahí porque el cupo para dibujo técnico y metalmecanica ya estaba lleno. Ese man quedó habilitando bandeja paisa porque le quedaban chorotos lo frijoles y se le quemaban las tajadas.

Cuando estabamos en once, empezó a salir con unas ideas todas raras, usaba botas militares y los pantalones doblados en la parte de abajo. A la salida del colegio siempre lo esperaban unos tipos ya mayores, Barbados y con mochilas de cabuya. Se mantenía con un librito bajo el brazo, disque "El Manifiesto Comunista ilustrado por Riux" y en los cuadernos llevaba unas fotos de un tal Guevara; un man barbado de boina militar que hasta los conductores pegan calcomanías de él en los buses.

Wilmar fue el que me enseño a tirar piedra. En esas se mantenía y a cualquier cosa reaccionaba así: Que un problema en el colegio ¡roca!… Que una pelea de borrachos ¡Roca!… Que un chofer no lo dejó subir por la de atrás ¡Roca pa'l bus!… Todo era roca.

Cuando murió, en ese tiempo andaban en unas manifestaciones contra la privatización del SENA, estaba más contento que un sádico con preescolar, faltó como tres días a clase y dejo una chicha debajo de la poceta. El hecho es que, a mí me contaron, en la tarde esperó el bus en la esquina del Consumo de Pedregal para colearse, pero este venía muy lleno y arrancó muy rápido, Wilmar no alcanzó a agarrarse y se estrelló contra el piso con la mochila… Llena de petardos.

Como es común en los pelados de los barrios pintar una cruz en el pavimento en el lugar donde murió o fue asesinado un amigo, nos toco hacer más de media docena: A la entrada del Consumo donde cayó una pierna, en la esquina del frente donde cayó la otra, hasta en Comfama donde cayó un brazo, en Coldeportes, en la quebrada y la cabeza… esta es la hora que no la hemos podido encontrar.

Augusto el tren de la muerte

Augusto “frijol” era de esos pelaos que cuando van a salir a la calle la mamá siempre les da recomendaciones, que “mijo acomódese el cuello de la camisa”, que “no se le olviden la llaves, que la billetera, que “no vaya a beber mucho” que porque “eso le hace mucho daño” y que pórtese bien. Nosotros lo estimábamos bastante, posiblemente por el aspecto enfermizo que tenía, era chiquito y flaco como un palillo. Nos hacía reír muchísimo, porque tenía una gracia de saltimbanqui nato y un montón de tics nerviosos.

Un sábado, de esos de pogo y bebida, fuimos por él a la casa y después de mil recomendaciones de la mamá, salimos para donde “el nieto” que era otro miembro habitual del combo. Rato después de comentarle el plan y la intención de armar el parche en la casa de él, nos dijo que no se podía que porque allá estaba la abuelita y que ella era muy brusca para poguear, que una vez le había reventado la boca al “burro” y a “carelapida” la cabeza con un bastón de macana.

Entonces decidimos ir donde “carelapida” que cada rato decía que cuando quisiéramos armáramos parche en la terraza de la casa de él. Una hora más tarde estábamos subiendo grabadora y llamando más combo. Había una garrafa de ron y una caja de cervezas. Todo iba muy bien, la garrafa estaba por la mitad y en la caja sólo quedaban dos cervezas, las mismas que quedaron allí desamparadas debido a la tragedia que sucedió. El pogo estaba suave, cantábamos himnos a la cerveza y algunos sacaban la cabeza por el balcón para devolver al mundo lo que se merece. Hasta que sonó la canción “Bestia, bestia” de los verdaderos Ilegales.

“Si crees que la calle cuidará de ti
Te romperán el cráneo en la primera esquina
Hay muchas navajas por ahí
Y puede que alguna te raje a ti…

Bestia, bestia…”

Entonces se paró el “burro” que estaba pasmado en una silla. Ese tipo era un “animal” que a sus escasos 16 años ya medía como un metro con noventa, tenía la espalda tan ancha como para pegar avisos publicitarios en ella y unos brazos de almádana que siempre parecían dispuestos a golpear. Saltó al pogo como un demonio toreado y le pegó un cargazo al pobre flacucho de “frijol” que lo mandó en un instante sobre el balcón, yendo a parar a la calle, tres pisos abajo. Lo único que dijo el “burro”, viéndolo caer, fue: “¡Hay jueputa, si no se mata queda bobo!”. Y no se mató… quedó postrado en una silla de ruedas, más pálido y flaco que siempre.

Después del accidente no lo olvidamos, los domingos lo sacábamos a pasear y lo llevábamos cuando nos parchabamos en la esquina de arriba a tomar cerveza. Pero Augusto si quedó fue bobo del todo, meneaba la cabeza de un lado a otro repartiendo babas a diestra y siniestra, sacaba el pipí delante de todos y se hacía la paja y fuera de eso, se tiraba unos peos más hediondos que el diablo.

No sé como fue que ese día salió rodando, seguro fue que se nos olvido ponerle el seguro. Tres cuadras, loma abajo, rodó el pobre hasta que se estrelló contra un barranco. Algunos vecinos que lo vieron pasar frente a sus casas, con esa sonrisa desbordante y la mano en el miembro, dijeron que parecía una máquina a vapor, que lo único que le faltaba era hacer ¡Tuuu, tuuu! Y otro señor que lo vio pasar frente a su puerta gritó: “¡Pobre tullido, si no se mata queda bobo!” Pero más bobo no podía quedar.

Jeringa grasienta

Entre el combo de los que salíamos a trotar los domingos al estadio estaba Fredy Alvear. Comía hasta mierda, si se la ponían bien adobada y pasada por manteca (la grasa en general). Huevos, chorizos, chunchurria, morcilla, empanadas, tortas de pescado. Eran sus favoritos, pero nada que decir de las butifarras que eran su debilidad. Él nos contaba que se transportaba a otro mundo cuando las mordía suavemente y se le chorreaba la grasita por la boca, cerraba los ojos y sentía el picante –este sentimiento es algo así como el amor –afirmaba. Y se le repetía cada vez que las comía.

¿Quién creyera? Que Fredy con toda esa grasa que se comía era flaco, con decir que le pusimos el apodo de "Jeringa". Mejor dicho ese man era envidiado por todos los gorditos que por más dietas que hacen no pueden bajar de peso.

Un día que estabamos en el estadio, como el Fredy estaba luquiado, nos invitó a comer a un chuzo de esos que hay por ahí afuera, que son dos bafles debajo de una carpa, una fritadora y una vitrina atestada de cosas de comer, de una apariencia algo respetable, cuatro mil moscas o más, dos negras que atienden con delantales curtidos y un negro que pone la música champeta y vallenata a todo taco –le dan a uno ganas de volverse corroncho... pero para suicidarse y dar ejemplo–. La mayoría nos comimos de a una empanada, porque se llenaba uno viendo la manera de tragar chatarra de Fredy "Jeringa". Nos decía: "Coman, coman muchachos que esto no se ve todos los días", Con la boca llena de chunchurria, luego se embutía tres chorizos, una vara de morcilla, cinco chuzos de cerdo, en fin, toda variedad de cosas que veía. Hasta se comió una careta de marrano entera con papa, yuca y arepas, y se merco diez mil pesos en butifarras –que no le podían faltar –para seguir comiendo en el camino. En el bus, la gente se tapaba la nariz debido a la hedentina del contenido de la bolsa, y "Jeringa" muy feliz ni se inmutaba, concentrado en su mascurreo; lanzaba las bolas de carne desconocida al aire y las atajaba en su boca cual maromero de circo pobre. En la tarde cuando llegamos a su casa, el flacuchento garoso ese se nos maluquió y tuvimos que llevarlo a la intermedia de Castilla. El médico le dijo que tenía el colesterol altísimo, que no podía comer grasa y que debía llevar una dieta vegetariana –¡Ese era el fin para "Jeringa"!–. Al cabo de una semana se le veía deprimido, pálido y tembloroso. Rebajó dos kilos, parecía un esqueleto viviente y no volvió con nosotros al estadio.

Y llegó diciembre que es el mes de la parranda. Como siempre acostumbrábamos, alquilamos entre todos los amigos y amigas un bus para ir a ver los alumbrados –Bueno, ese es el pretexto para beber ese día, porque lo que menos se ve es alumbrados–. Fuimos a la playa, al edificio "inteligente" y cuando llegamos al paseo del río fue cuando ocurrió la crisis a Fredy, debido a que en todo el trayecto colocan ventas de toda clase de porquerías: desde artesanías, chorro, juegos de curí, hasta comida. Entonces empezó a ver las butifarras por montón; al principio las miraba de reojo y con cierto odio, como si ellas lo hubiesen traicionado. Pero luego vio lo que iba a acabar definitivamente con su existencia: las butifarras más grandes que él había visto y nunca más volvería a ver en su vida, eran como veinte veces más el tamaño de las normales… En ese instante lo agarró un temblor y unos nervios los verracos, los cuales se le acrecentaban con los gritos de la negra del chuzo: ¡Butifarras, butifarras, las más grandes del mundo! –Eso parecía amor a primera vista–. El Fredy no llevaba casi plata, entonces comenzó a pedírnosla prestada, que él nos la pagaba como fuera. Nosotros le decíamos que no, que se acordara eso como le hacia de daño, pero empezó a volverse más insistente y suplicante, y no tuvimos mas de otra que prestársela cuando iba a empezar a llorar. Se compró cinco mil pesos de "las butifarras más grandes del mundo", se las engullía sin piedad; a nosotros se nos salían las lágrimas al ver su alegría y decíamos que ese hombre no tenía boca sino "tarraya". Hasta que en la tercera, soltó la bolsa y se agarró la garganta con las dos manos, se puso morado y brotaron sus ojos, luego cayó al piso convulsionando... Fredy "jeringa" murió atragantado por una herradura.